viernes, diciembre 26

Se acaba

Ya casi acaba el año y el cuerpo parece haberlo decidido antes que la cabeza: duerme cuando quiere, se despierta sin culpa, cumple apenas lo esencial (comida, agua, presencia) y luego vuelve a disolverse en la inercia de la pantalla... No hay prisa ni propósito claro, solo horas que se estiran sin forma mientras el mundo insiste en pedir comienzos, rituales, balances; me pregunto si realmente hace falta marcar algo, si encender una vela o escribir una lista cambia el peso de lo vivido, o si este estado (quieto, disperso, medio anestesiado) ya es una respuesta en sí misma y en medio de esa duda, la mirada se va sola hacia afuera, como buscando en lo ajeno una señal de cómo atravesar este umbral sin forzarle sentido.

Desde la ventana todo parece transitorio: Gente que no vive aquí camina con la calma del que está de paso, como si el tiempo se hubiera abaratado por los feriados, maletas apoyadas en veredas húmedas, despedidas que no hacen ruido, reencuentros que duran lo justo antes de volverse recuerdo otra vez... Hay abrazos que no alcanzo a oír, pero casi puedo olerlos: esa mezcla de ropa guardada, perfume conocido y algo íntimo que solo aparece cuando dos cuerpos se reconocen después de mucho tiempo.

El aire está cargado de cosas mínimas; el frío no muerde, se posa, el cielo gris no pesa; observa... La tierra mojada suelta ese aroma antiguo que despierta escenas que no pedí: una risa olvidada, el color exacto del cabello de alguien que no veo hace años, la forma en que una voz pronunciaba mi nombre... No es nostalgia dulce ni amarga; es más bien una saturación, todo llega junto, sin jerarquía, sin filtro, como si los sentidos no supieran qué soltar primero.

Diciembre intensifica esto... No por lo que trae, sino por lo que remueve., cada estímulo se queda un segundo más de lo normal, cada imagen deja residuo... Un abrazo no termina cuando se suelta, sigue flotando en el aire. Un recuerdo no aparece completo, aparece fragmentado: una textura, un olor, un gesto mínimo que insiste más que la historia entera. Vivir así no es tragedia ni privilegio, es simplemente vivir con el volumen un poco más alto de lo que el mundo considera cómodo.

Desde afuera se espera balance, cierre, arrepentimiento., pero adentro no hay estructura para eso, solo movimiento. La mente va y vuelve, se engancha en detalles aparentemente inútiles, los estira, los mezcla con el presente... No hay intención de quedarse atrapado en el pasado; es el pasado el que se filtra por cualquier rendija cuando el ambiente lo permite y hoy el ambiente es una invitación abierta.

Por eso este día incomoda ni exige acción, tampoco permite indiferencia, es solo que todo se siente más: el frío, los colores apagados, las despedidas, los reencuentros, los que  no son propios... No es que duela ni que reconforte; es que ocurre con intensidad y eso, aunque canse, también es una forma honesta de estar aquí, mirando por la ventana cómo otros llegan y se van, mientras uno se queda habitando lo que todavía resuena.

jueves, diciembre 11

Umbral

Hay momentos en la vida en los que uno se da cuenta de que no está peleando contra el mundo, sino contra sí mismo... No es una batalla épica ni cinematográfica; es algo más simple y más brutal, es una conversación directa con las voces de uno mismo que preferiría dejar en silencio.

Durante mucho tiempo pensé que para que algo funcionara (una relación, un inicio, un “ver qué pasa”) tenemos que mostrar una versión depurada de nosotros mismos, queremos vernos impecables, firmes, centrados, sin grietas. Creemos que la vulnerabilidad es un lujo que solo se puede permitir cuando ya todo esta seguro... pero no... Intentamos mostrar control, calma, estabilidad absoluta, queremos ocultar nuestros demonios y todo aquello que consideramos demasiado:

- Demasiada intensidad.
- Demasiada necesidad.
- Demasiada oscuridad.

Pero esconder nunca resuelve nada, solo fabrica versiones falsas de uno, versiones que terminan explotando cuando la realidad pedía autenticidad... con los años entendí que el problema nunca fueron mis demonios, fue la forma torpe e inútil en que intenté ocultarlos.

Hace poco volví a sentir algo y no exagero: simplemente algo... Un movimiento interno, sutil pero claro, que me recordó que todavía soy capaz de abrir una puerta sin destruir el marco...  que puedo mirar a alguien sin levantar murallas, ni esconder la sombra detrás de la espalda, una conexión tranquila que no me pide máscaras, que me hace querer hacer las cosas bien  y no para impresionar, sino para ser coherente con mis luces y sombras.

Y ahí es cuando aparece la certeza:

No tengo que esconder mis demonios, solo tengo que demostrar que yo soy quien está a cargo de ellos... y carajo, claro que tengo miedo...

- Miedo de sentir demasiado rápido.
- Miedo de que mi impulso me juegue en contra.
- Miedo de que mis demonios aparezcan en momentos que no espero.

Sigo teniendo grietas, sigo cargando heridas que me visitan en la madrugada... cuando la ansiedad quiere negociar conmigo... Sigo dudando de mi y de mi propio deseo cuando algo se vuelve demasiado real....  Pero esta vez no estoy corriendo:

- Estoy observando.
- Estoy respirando.
- Estoy eligiendo.

Y al elegir descubro que un vínculo sano no se construye desde la perfección, sino desde la claridad, que no necesito convencer a nadie de que "estoy bien”; solo necesito mostrar de dónde viene cada sombra y sobre todo, que no voy a permitir que alguna de ellas hable por mí.

Mis demonios siguen ahí... las heridas que dejaron también, mis sombras no han desaparecido, quizá no lo harán...  Pero ahora ya no toman el volante, y cada vez que algo bueno aparece en mi vida ahora soy yo quien decide el ritmo, soy yo quien decide cuándo respirar, soy yo quien decide hablar con calma en lugar de reaccionar desde el miedo.

Estoy aprendiendo a construir algo desde la sinceridad y no desde la necesidad, a cuidar este inicio (lo que sea que esté naciendo) con claridad, estoy aprendiendo a decir que sí, tengo mis partes difíciles… pero también tengo la voluntad y la consciencia para manejarlas... Porque no quiero que nadie entre a mi vida y encuentre un laberinto subterráneo con versiones rotas que intenté ocultar... Prefiero decir que conozco cada pasillo, cada grieta, cada nombre que alguna vez usé para herirme y  aun así camino hacia adelante.

No soy un hombre sin demonios.... Soy uno que aprendió a sentarlos a la mesa y a decidir cuándo pueden hablar y cuándo no.

Y quizá eso es lo indispensable para construir algo limpio, no es la ausencia de oscuridad, sino la capacidad de mantenerla bajo una luz que no necesariamente tenga que iluminar todo, sino que muestre honesidad.

Hay una parte de mí que sigue aprendiendo a vivir con ausencias que dejaron marcas profundas... No las huyo ni las romantizo; simplemente las cargo con respeto... Como esa historia que terminó antes de que yo entendiera cómo sostener lo que amaba, y aunque su eco todavía aparece en ciertos silencios considero que ya no es una herida abierta; es una cicatriz que me recuerda lo que perdí, lo que sobreviví y lo que no quiero repetir...  Y no, no busco reemplazar nada... Solo quiero construir algo nuevo sin que esos fantasmas decidan por mí...  Porque merezco avanzar sin destruir lo que llega, y honrar lo que fue sin convertirlo en una sombra interminable.

No necesito esconder lo que soy.... Solo necesito seguir demostrando que incluso con mis sombras, estoy aprendiendo a sostener algo sin romperlo, porque al final, todo esto también es un Umbral, el instante preciso donde dejo atrás lo que me hundía para entrar, por fin, en algo que puedo construir sin miedo.

miércoles, diciembre 3

...un poco a destiempo


Hoy desperté un poco a destiempo, con la cabeza en mil direcciones y esa sensación extraña que trae diciembre. Pero ella estaba ahí, mirándome con esos ojos verdes que parecen una pausa en medio del ruido. No dice nada, no exige nada… solo existe, y con eso basta para que el día no se sienta tan inclinado hacia el caos.

Mientras me alisto para salir, pienso en todo lo que me espera afuera, en lo que podría pasar, en lo que quizá no. Y aun así, verla tan tranquila, escondida entre sombras y luz, me acomoda algo por dentro. Es como si me recordara que no tengo que correr para alcanzarme.

A veces basta un par de ojos observándote en silencio para que la mañana tenga sentido. Hoy, fue eso. Y está bien

lunes, diciembre 1

No me gusta diciembre.

Diciembre llega como una visita que irrumpe sin tocar la puerta... Yo puedo estar tranquilo, avanzando a mi ritmo, y de pronto este mes entra, enciende todas las luces y me exige un recuento del año y no sé qué responderle. 

Camino por las calles y el mundo parece saber exactamente qué sentir: fiesta, euforia, gratitud, todo brilla demasiado, todo hace ruido, todo pide algo... Yo, en cambio, voy zigzagueando entre estímulos: una luz que parpadea, un villancico que se repite, una sombra que se mueve y me arrastra a un recuerdo que no quiero ver. Intento volver al presente, pero se me escapa como si diciembre subiera el volumen sin preguntarme.

Este mes intensifica todo: lo pendiente, lo olvidado, lo que dolió y no quise mirar, hay momentos en que quiero ordenar mi vida entera —la habitación, los proyectos, mis emociones—, y empiezo con fuerza… hasta que algo me atraviesa y me quedo suspendido, mirando un punto fijo, sin saber cómo retomar... el tiempo cambia de forma, se estira, se encoge, se rompe.

Las luces de diciembre me cansan, no porque sean feas, sino porque parecen obligarme a sentir algo que no siento... La gente habla de abrazos, de familia, de logros, y yo solo escucho un ruido lejano, como si estuviera en otra frecuencia. Y hay recuerdos que aparecen sin permiso; olores antiguos, voces que ya no están, promesas que no supe cumplir. me atacan en los momentos más inesperados, y termino sintiéndome más fuera de lugar que nunca.

A veces, mientras todo el mundo celebra, me sorprendo imaginando que desaparezco un par de días... No es huir; es detener el mundo lo suficiente para poder respirar sin sentirme observado, sin exigencias, sin expectativas... Ser un punto suelto en un mapa donde nadie nota si me muevo o no. Pero la vida sigue llamando, incluso cuando no sé qué quiere de mí.

Hay noches de diciembre en las que vuelvo a casa y me quedo en la oscuridad, escuchando el eco de mis propios pensamientos mezclados con petardos a lo lejos (Todos lo años es lo mismo). Me digo que debería estar feliz, o al menos tranquilo, pero lo único que siento es esa mezcla extraña entre cansancio y lucidez, como si mi mente quisiera mostrarme todas mis partes al mismo tiempo.

Y aun así, en medio de este mes que agota y confunde, hay personas que llegan como un respiro inesperado... Entra sin hacer ruido, no intenta iluminarlo todo aunque no sea necesario... Simplemente estás, y en esa presencia tranquila, en esa forma suave de acompañar sin exigir, uno descubre que a veces basta una conversación, una mirada… una canción al oído, un beso que por un momento me saca del circo que tengo en la cabeza... Hay presencias que alivian sin tocar las heridas, que vuelven habitable mi propia mente...

... Y de pronto, sin anunciarse, te encuentras dispuesto a abrir una puerta que creías haber cerrado para siempre, o para la que ya no tenías llave, y entonces me pregunto cómo llegué hasta aquí? 

Con mis vacíos, mis intentos, mis contradicciones, mis momentos de brillo que se apagan rápido., con esa sensación de estar siempre un paso delante o un paso detrás de mí mismo.

Pero sigo.

De alguna manera, sigo.

Diciembre me obliga a verme de cerca, incluso cuando no quiero., me muestra lo que perdí, lo que dejé a medias, lo que todavía duele... Y aunque muchas veces me siento pequeño dentro de este mes que lo amplifica todo, también descubrí que, pese al ruido, al caos y a la confusión interna, todavía tengo ese hilo invisible que me jala hacia adelante... Y esta vez, por extraño que parezca, tengo la sensación de que algo podría ser distinto, como si por fin hubiera un camino que no se siente impuesto, ni forzado, ni ajeno.

No sé qué traerá el próximo año.

No sé cuánto podré con lo que viene, ni si encontraré el ritmo que todos parecen tener.

Pero sigo caminando.

Un poco más honesto conmigo.

Un poco menos asustado de abrir puertas.

Un poco más dispuesto a que algo bueno suceda.

Y tal vez eso no sea mucho.

Tal vez sí.

No lo sé.

Lo único que sé es que, esta vez, no solo espero sobrevivir otro año…

…sino que también quiero ver qué podría pasar si dejo que las cosas, por una vez, sean diferentes.

sábado, noviembre 8

Cuando ya no hay fuerzas

Últimamente todo parece más lento... Como si cada gesto exigiera una pequeña negociación interna: respirar, responder, permanecer,  a veces, el cuerpo está pero la mente se disuelve en pensamientos que corren en direcciones opuestas, buscando sentido donde ya no hay certeza... Es extraño… querer estar, y al mismo tiempo necesitar huir.

Hay alguien que rodea mi vida que se esta undiendo, y yo lo sé... No me lo pide, no lo admite, pero lo veo: Esa forma de esconder el temblor bajo una sonrisa, de disimular el cansancio con palabras sueltas... Intento ayudar, y aunque sé que cuidar a quien no quiere ser cuidado es como intentar encender una vela bajo la lluvia, una parte de mí lo hace con blandura, la otra se agota mirando cómo el fuego se apaga una y otra vez.

... Y sin embargo, no puedo soltarlo del todo, no por obligación, ni por culpa, sino por esa fuerza que nace del instinto de no rendirse; de querer sostener algo incluso cuando ya no hay fuerzas... A veces me digo que debería apartarme, que sería más fácil (Pero no puedo) No sé si es por amor, costumbre o esa extraña necesidad de reparar lo que no me corresponde. .. Solo sé que cada vez que doy un paso atrás, algo en mí se siente cobarde... que me estoy traicionando a mí mismo.

El cansancio no siempre viene del cuerpo... A veces es mental: un ruido constante que no deja dormir, una marea que empuja los pensamientos en todas direcciones, trato de concentrarme, pero la mente se me escapa a mitad de cada idea. Entonces, me pierdo entre cosas pequeñas (un sonido, una palabra, un recuerdo) y regreso cansado de no haber llegado a ningún lugar.

Y aun así, hago lo correcto, o al menos, lo intento... Sigo presente, aunque no me miren, sigo cuidando, aunque me rechacen, sigo hablando con calma incluso cuando por dentro quisiera gritar... Porque en el fondo sé que si dejo de hacerlo, me pierdo a mí mismo, que el verdadero abandono no es dejar a alguien, sino dejar de ser quien uno decidió ser.

Hacer lo correcto no siempre alivia...  A veces, solo duele distinto.

Pero ese dolor, por más áspero que sea, tiene una textura de verdad.

Y en medio del ruido, de la mente que se dispersa, de los días que se hacen largos y las noches sin sueño, esa fidelidad silenciosa a lo que uno cree correcto se convierte en una forma de calma.

Quizás eso sea la paz: no es el descanso, sino la certeza de seguir siendo uno mismo,
incluso cuando ya no hay fuerzas.

jueves, octubre 16

Duelo

El duelo no es una pendiente que se baja de una vez, es un terreno que se recorre por tramos, a veces retrocediendo, a veces avanzando sin prisa, confundir el cese del amor con el cierre del duelo es un error que hacemos por supervivencia, pues creemos que si dejamos de sentir, ya ganamos, pero sentir menos no equivale a integrar lo que pasó... Hay capas: la ausencia del afecto puede irse primero; las costumbres, los silencios compartidos, las pequeñas certezas que formaban una vida conjunta quedan por más tiempo... Eso no desaparece porque uno lo diga o porque se llene la agenda.

Vivir el duelo implica aceptar que algo en ti murió [no en el sentido literal, sino en el tejido íntimo que un vínculo construyó] y que esa pérdida pide un rito, no es un proceso estético ni una lista de pasos pulcros... Es tosco y lento: hay días de rabia, noches de nostalgia, momentos de vergüenza por haber sido blando, y también instantes de extraña calma... Todo eso convive, pero resistir esa convivencia [o disfrazarla con planes, labios nuevos o validación ajena] solo posterga la factura... Y la factura cuando llega no avisa, solo aparece en la forma de patrones repetidos, sospechas crónicas, una incapacidad para confiar o para permanecer en algo que exige entrega.

Saltarse el duelo tiene consecuencias sencillas y terribles; el pasado no cicatriza, se camufla... Lo que no se procesa se reproduce.,la persona que no se permitió llorar o quedarse en silencio termina repitiendo los mismos errores disfrazados de “nueva oportunidad”: escoge parejas con las mismas ausencias, reproduce límites que no existieron, se convierte en un eco del pasado en vez de un sujeto presente... La prisa por no sentir puede volverse un hábito autodestructivo: se vive fugado, siempre en movimiento para no enfrentarse al vacío interior...  la soledad entonces, deja de ser una posibilidad curativa y se transforma en un fantasma que sigue insistiendo en la misma herida.

Otra consecuencia menos obvia es la distorsión del propio valor cuando alguien no procesa una ruptura, tiende a justificar la entrega desproporcionada como prueba de amor, en lugar de verla como una falla en el equilibrio afectivo... Así se instala la creencia de que priorizarse es egoísmo y que el amor verdadero exige perderse, curar eso requiere trabajo, desaprender el sacrificio automático, reaprender límites, permitirse preferir la propia paz y eso es parte del duelo también, aprender a ser prioridad para uno mismo otra vez, sin culpa.

Vivir el duelo, entonces no es castigo; es devolución,  devolverte el tiempo, las rutinas, la mirada... Es reencontrar los espacios que antes estaban ocupados por la otra persona y aprender a habitar la casa interior sin ruinas y eso pasa por pequeños gestos como el aceptar el silencio sin llenarlo con novedades, permitir el llanto sin convertirlo en espectáculo, reconocer la rabia sin avergonzarse, poner límites a quienes empujan a “volver a la normalidad” demasiado rápido es también una forma de duelo, decir no a las expectativas sociales y sí a un proceso íntimo que requiere su ritmo.

Hay prácticas concretas que lo facilitan no porque sean fórmulas mágicas, sino porque ofrecen un marco para la presencia: escribir sin filtro, hacer ritos simbólicos de despedida, hablar con alguien que no te devuelva juicio sino escucha, aceptar la ayuda profesional si la sensación de vacío es paralizante. Salir con amigos ayuda, sí, pero no como anestesia, wue te hagan compañía mientras cruzas el desierto, no para atravesarlo por ti.. pues aprender a estar solo implica pasar temporadas en las que tu compañía te resulta suficiente, incluso cuando eso duele al principio.

Desde el lugar del que acompaña, lo más valioso que se puede ofrecer no es solución sino permiso, permiso para sentir sin receta, permiso para fallar en el intento de recomenzar, permiso para no dar explicaciones...  Ser un testigo paciente es un acto de amor, no ofrezcas atajos milagrosos, no le digas que “salga” para curarse si la salida es la máscara de una evasión... lo que más sostiene es la presencia sin prisas: un mensaje, una invitación simple que no presione, la firma de que alguien está dispuesto a esperar mientras el proceso ocurre.

Si alguna vez dudas sobre si intervenir o dejar que la persona camine su duelo, pregúntate ¿mi intervención la empuja a sanar o la empuja a actuar como si ya estuviera bien? Ese es un límite ético y humano que conviene no cruzar... Acompañar no es apurar; acompañar es aprender a ser un punto de calma en la tormenta ajena.. .. 

Al final, vivir el duelo es un acto de responsabilidad consigo mismo, es reconocer que el cuerpo y la memoria no se gobiernan por voluntad; se gobiernan con tiempo y con cuidado. 

Darse ese tiempo es una elección radical: elegir no delegar la propia reparación en otro, elegir aceptar la vulnerabilidad como un mapa... Y desde ahí, la vida rehace su pulso, aparecen personas, sí, pero ya no para tapar una herida abierta; aparecen para habitar junto a la calma que tú te habrás ganado.

miércoles, julio 30

Quédate contigo

Hay personas que vinieron al mundo con la piel más delgada, con el alma sin blindaje, con el corazón abierto como ventana en medio del invierno; personas que no saben amar poquito, que no pueden sentir “más o menos”, que se enamoran del gesto más simple, del aroma de una tarde, del eco de una risa, del roce de una coincidencia.

Tú.

Y por eso te duele.

Duele que los demás no siempre estén listos para recibir todo lo que das.

Duele que tu entrega, a veces torpe por ser tan sincera, sea malinterpretada.

Duele sentir que la intensidad con la que tú te conectas con la vida es, para muchos, “demasiado”.

Pero no estás mal, no te sobran emociones, no te falta cordura.

Lo que pasa es que tú naciste con un radar especial… uno que capta lo invisible, que se mueve con la música que otros ya no oyen, uno que quiere abrazarlo todo incluso lo que no entiendes...Y sí, a veces te vas rápido, te ilusionas con facilidad, te pierdes en lo que podría ser… Y claro que eso puede hacerte tropezar, porque el mundo muchas veces está hecho para la gente que calcula, que mide, que no se entrega sin garantías.

Pero tú no, tú decides lanzarte igual, con el alma por delante y aunque eso te haga llorar más veces de las que quisieras, también es lo que te hace distinta, hermosa, real.

No dejes que el dolor te convenza de que amar así está mal, no permitas que el desencanto te convierta en alguien que duda de su ternura, porque tú no necesitas corregirte, ni contener tu luz para encajar en lugares oscuros.

Mira… no todo lo que vibra con fuerza es amor verdadero y no todo lo que te sacude merece quedarse, a veces confundimos intensidad con profundidad, pero lo verdadero —lo que de verdad sostiene— muchas veces llega en silencio, se queda sin hacer ruido, y no necesita drama para ser sincero.

Tú mereces eso, pequeña.. Mereces que te amen como tú amas: con constancia, con ternura, con presencia, mereces que no te pidan que te achiques para ser entendida, que no te silencien tus ganas, ni te llamen “voluble” o "loca" como si fuera un defecto.

Y si hoy te sientes triste por ser como eres, por sentir tanto, por ilusionarte, por haber entregado más de lo que recibiste…

... quédate contigo hermanita, quédate contigo así como te quedas con los demás: con paciencia, con cuidado, con fe.

Y aunque a veces el amor no alcance, aunque a veces duela más de lo que cura, tú sigues siendo tú.... Y eso es lo más valioso que tienes, y yo estoy aquí para recordártelo las veces que haga falta.

Con todo lo que soy.

sábado, julio 5

Hoy, entre capas

Hoy el departamento parece más grande de lo que es., tal vez porque el silencio lo llena todo, o porque el eco de mis pensamientos rebota en las paredes como un murmullo antiguo que se niega a apagarse... Me encuentro aquí, quieto, observando a mis gato mientras se desliza entre los muebles, ajeno a este nudo en el pecho que no sé cómo desatar... Lo miro y por un momento envidio su calma, su forma de habitar el instante sin preguntarse por el sentido de nada...

 La luz que se cuela por la ventana es tenue, casi pálida, y dibuja sombras largas en el suelo, como si el tiempo se hubiera detenido y todo fuera parte de un cuadro que alguien olvidó terminar. Afuera, la ciudad respira con su propio ritmo: lejano, indiferente. Escucho el rumor apagado de un auto que pasa, el ladrido aislado de un perro, el zumbido casi imperceptible de la electricidad en las paredes... Y aquí dentro, yo, sosteniéndome en esta especie de limbo donde el pasado pesa y el futuro parece difuso.

El aire huele a café viejo, al aroma de un bate sin terminar, al calor tibio de mis gatos que a veces se acercan, como si intuyeran que algo dentro de mí se desordena... Respiro hondo, como buscando que el oxígeno me devuelva alguna certeza, pero lo único que consigo es que el pecho se llene de esta mezcla de nostalgia y vacío que me acompaña hoy.; me pregunto en qué momento empecé a habitar estos estados intermedios, estas tierras de nadie donde no hay dolor punzante, pero tampoco hay paz... Donde todo parece suspendido, como esas partículas de polvo que flotan en el aire cuando la luz las alcanza y por un segundo parecen estrellas en un universo diminuto.

Hoy el tiempo pesa; las horas se arrastran lentas y cada minuto parece invitarme a mirar hacia dentro, a recorrer los laberintos de mi cabeza donde las voces hablan bajo, donde las memorias se asoman, donde los sueños se mezclan con lo que temí perder... Me veo a mí mismo, sentado en el borde de la cama, la mirada perdida entre la ventana y algún punto sin nombre... Escucho mi propia respiración, ese sonido que a veces me recuerda que sigo aquí, aunque haya días como este en que no sé muy bien para qué... Los gatos saltan, se persiguen, se detienen a contemplar el mundo a su manera, y yo me pregunto en qué momento olvidé cómo hacer eso: cómo simplemente estar, sin buscar respuestas, sin querer entenderlo todo.

Hoy me dejo habitar por este estado... no busco consuelo, ni salidas rápidas; hay una parte de mí que sabe que estos días también son parte de mi viaje, que las capas que hoy se sienten pesadas mañana serán abrigo, que las preguntas que hoy duelen algún día serán mapa... Mientras tanto, me quedo aquí, dejando que el aroma a casa, el calor de los gatos y el rumor lejano del mundo me acompañen... Dejo que el día avance como quiera, que la noche llegue sin prisa... Porque sé que, al final, hasta en estos momentos suspendidos hay algo de verdad, algo que es solo mío y que también merece ser escrito.

miércoles, junio 11

Mereces quedarte

A veces la gente me ve y asume que soy arrogante... Por mi forma de caminar, por mi silencio, por cómo miro sin hablar. Pero no saben que es una defensa, que es más fácil parecer duro que explicar cuánto me cuesta confiar. No es orgullo lo que me rodea, es un escudo, un borde invisible tejido por años de sentirme fuera de lugar, interpretado siempre por el personaje equivocado... No es que no quiera acercarme, es que no sé si cuando lo haga, alguien va a quedarse con lo que vea.

Me cuesta hacer amigos, no por desinterés, sino porque hay una parte de mí que vive más adentro que afuera... Desde niño observé desde la esquina de las cosas, no aprendí a forzar conversaciones ni a fingir entusiasmo, mi afecto no se da por inercia, se gana en silencio con miradas que no exigen, con presencias que no invaden... Soy lento para abrirme, pero cuando lo hago, hay algo sagrado que se activa: lealtad sin condiciones: "no te prometo perfección, pero si te abro la puerta, te defiendo incluso de mí mismo" 

Hubieron veces en las que me entregué demasiado pronto, creyendo que el amor se ganaba siendo útil, dándolo todo, desapareciendo si hacía falta. Hoy lo entiendo distinto. Hoy sé que lo que no es mutuo no se sostiene, y que amar no debe implicar rendirse a uno mismo, porque me convertía en eco de lo que otros esperaban,  regalaba versiones de mí que todavía no sabía sostener... Pensaba que amar era acompañar sin condiciones, desgastarme si hacía falta, hasta desaparecer. .. Pero un día entendí que el amor que se mendiga nunca se convierte en hogar

Doy diferente ahora, doy desde lo real... No prometo constancia, pero sí verdad y si voy a estar, es con todo incluso con las partes que a veces me pesan... Y solo pido una cosa: que si alguien se acerca, lo haga sin miedo a mis bordes, que no pretenda suavizar mis aristas para hacerme encajar en una imagen cómoda, prefiero relaciones incómodas y verdaderas, antes que vínculos perfectos llenos de ausencias disfrazadas.

He aprendido a quitarme el disfraz en algunos espacios donde no tengo que actuar... Puedo estar en silencio sin ser juzgado, puedo fallar sin sentir que soy un error. Con poca gente entendí que no todo el mundo busca corregirme, que hay quienes entienden que no siempre estoy para responder enseguida, que hay días donde habito una especie de lejanía sin razón aparente, que no siempre es rechazo y a veces es solo cansancio, ruido mental, o esa necesidad de estar solo sin dejar de necesitar compañía.

Y en medio de eso, aparece ella... No voy a decir su nombre... No hace falta, solo me gusta... Y a veces me sorprendo deseando que me vea, que me descubra más allá de lo que aparento... Pero para eso tendría que bajarme del escenario, dejar el rol de espectador y atreverme a hablar sin el guion que siempre preparo. .. pero no estoy buscando que me salve, solo que no huya si un día me ve apagado.

 Hay emociones que me abruman antes de poder nombrarlas, impulsos que me empujan a aislarme justo cuando más necesito compañía... No quiero herir, no quiero repetir viejos patrones, no quiero arder ni congelar ... Solo quiero poder quedarme sin necesidad de dejar de ser quien soy...

... Y mis gatos lo saben... Gaia, con su calma serena, me recuerda que a veces estar presente no necesita palabras... Milo, en su caos impulsivo, me refleja esas partes de mí que todavía actúan antes de pensar... Ellos me sostienen sin pedir explicaciones,no me piden que me justifique, sólo ne observan desde su mundo animal con una verdad que muchas veces no encuentro en los humanos y es la capacidad de quedarse incluso cuando no soy fácil.

Y entre todo esto, está también ese aspecto de mi mente que a veces late con otro ritmo... No siempre es visible, pero está esa forma de vivir entre el ruido y el silencio, entre la lucidez intensa y el cansancio que agota sin motivo... Esa forma de distraerme en medio de una conversación y regresar diez pensamientos después, sintiéndome fuera de lugar aunque nadie lo haya notado... Lo he aprendido a manejar, lo acepto, pero a veces, aunque parezca que lo tengo bajo control, me pesa... Y no por lo que soy, sino por lo que temo que los otros vean en mi, como si necesitar más tiempo, más espacio o más pausa fuera un defecto en vez de una cualidad.

No huyas... 

No busco que me salven... 

No quiero que me acomoden... 

No busco que me arreglen... 

Solo alguien que me mire y diga: "así, sin arreglarte... también mereces quedarte."



Hablando con el espejo

—Hoy me costó abrir los ojos... Sentí que el cuerpo pesaba más de lo normal, como si el alma también hubiera envejecido de golpe... No hay una razón clara. Solo este cansancio que no se va, este vacío que no llena el sol, ni el café, ni las voces. Hoy, simplemente... me rompí un poco más.

—Y aún así estás aquí, de pie, respirando y tal vez eso no parezca mucho, pero lo es. No estás bien y lo sabes... Y sin embargo, sigues, eso también es fuerza, aunque no lo llames así.

—No quiero seguir así.... Siento que todo en mí está cediendo: Las paredes internas, los sueños, la esperanza... Quisiera una pausa... Solo una e ir a un lugar donde nadie exija nada, donde pueda quedarme quieto sin sentir culpa.

—La vida no da tregua bro, no espera a que estés listo y tampoco pide permiso para doler... Pero tú tienes derecho a detenerte, a llorar y a temblar, eso no te hace débil, te hace humano.

—¿Y si no me recompongo? ¿Si este es mi nuevo estado permanente? ¿Un cuerpo que funciona, pero un alma que apenas resiste?

—Entonces aprende a habitarte así... No como una condena, sino como un proceso;  No todo tiene que sanar para ser digno de vivirse... Puedes caminar con grietas, puedes sentirte roto y aún así ser verdadero.

—Estoy harto de fingir.... De decir “todo bien” cuando estoy al borde del colapso...De tener que rendir, producir, sonreír… cuando en realidad solo quiero desaparecer un rato.

— Entonces no finjas,no esta vez.... no conmigo.... No te pido que seas fuerte, solo que no te abandones.

—¿Y si un día no puedo más?

—Ese día me quedo contigo, pero no para arreglarte, solo para sostenerte mientras tiemblas

---

Al final, la lucha no siempre se ve heroica.

A veces se parece más a seguir respirando cuando todo duele.

A hablarte con compasión cuando el mundo solo exige.

A darte permiso para no ser perfecto, ni fuerte, ni rápido.

Resistir, a veces, es solo eso: ... No rendirte, aunque sea en silencio, aunque nadie lo vea...

Y si lo haces… eso también merece ser contado.


martes, junio 10

Miedo

Hay días en los que no me falta nada, salvo el permiso para ser.

Despierto, respiro, me levanto como si la rutina tuviera sentido por sí sola, pero ya en la segunda taza de café, cuando el mundo empieza a demandar respuestas que no pedí, vuelve... No con palabras, sino con una presencia vieja, casi familiar... Una presencia que se acomoda en el pecho y me mira como si supiera algo que yo no... Quién vuelve?

Es el miedo a no ser suficiente, no se presenta con violencia, no la necesita porque conoce cada atajo, cada rendija por la que escapo cuando algo me toca demasiado, se acomoda entre mis dudas, se disfraza de prudencia, de humildad, de autocrítica lúcida... Pero no lo es, es una caricia que aprieta con juicio que tiene una voz que me habla con mi propio timbre.

Me recuerda las veces que me quedé en silencio por miedo a parecer ridículo, las veces que elegí agradar antes que ser, las canciones que no terminé porque pensé que nadie las iba a escuchar con la misma herida con la que yo las escribía... Las miradas que desvié porque sentí que no valía el riesgo de que me vieran de verdad.

Lo peor de este miedo no es lo que me dice, es lo que me impide decir... Porque cada vez que lo escucho, me repliego un poco más, me vuelvo cuidadoso hasta la anestesia y reflexivo hasta el encierro; me saboteo desde una lógica que parece justa, pero que en realidad solo es miedo con traje de juez.... He sido testigo de mis propias renuncias disfrazadas de decisiones conscientes, he aceptado menos de lo que necesitaba por temor a incomodar., he dejado de insistir por no ser “demasiado”, por no mostrar esa parte mía que siempre siente que ama más de lo que le devuelven... 

Y sin embargo, no me rindo. No porque sea valiente, sino porque hay algo en mí que todavía necesita escribir esto, no para tener la razón ni para sanar, tal vez solo para dejar constancia de que sigo aquí..  a veces desde el margen, a veces desde el centro del dolor, pero aquí... Porque aunque ese miedo me acompañe, también aprendí a no dejarle la última palabra.

No sé si alguna vez seré suficiente... Tal vez esa no sea la pregunta correcta, tal vez se trate de otra cosa, de sostenerme en medio de la duda, de quedarme, incluso cuando todo en mí quiere huir... De seguir diciendo lo que tengo miedo de decir, aunque tiemble, aunque nadie escuche... Aunque duela.

Quizás la verdadera pregunta sea: ¿qué hacemos con lo que somos… incluso cuando creemos que no alcanza?

lunes, junio 9

6:15 a.m.

Subo cuatro pisos arrastrando el cuerpo como si fuera otro instrumento... todavía tengo el eco del concierto metido en el pecho, todavía me vibra el aire en la piel, como si alguien me estuviera tocando sin tocarme... La pase bien de verdad, hacia mucho que no me sentia asi, liviano, presente, sin tener que fingir estabilidad ni esconder las fugas, me rei con mis amigos y me rei con ganas, me saque los filtros y no se cayo nada... Conoci a una chica, me gustó y no se lo dije (Lo de siempre). Pero me gustó y eso ya me desarma.

Entro al departamento y todo aquí huele a lo mio: encierro y refugio, a este desorden que es mas hogar que cualquier cosa... Milo aparece como si no hubiera pasado el tiempo, salta, me choca, se enrosca, me reclama: "Me extrañaste? o solo queres comida" Le digo, pero no me responde... Me sigue, como siempre.

Cuelgo el bajo, no lo dejo tirado como otras veces, lo cuelgo con los demás instrumentos y lo abrazo con respeto, se lo ganó, se portó como nunca... me sostuvo cuando se me olvidaron las notas y me sostuvo cuando me temblaba la voz.

Me armo un porro con las manos temblando un poco pero no de nervios, sino de exceso de estimulos: la cabeza acelerada, pensamientos disparados en todas direcciones,  lo que fue, lo que no fue, lo que podria haber pasado si me animaba.. "Lo necesito para dormir" suena por ahí y juego con el encendedor... más pensamientos girandome adentro como un enjambre: Ideas, memorias, pendientes, y esa voz que me dice que la cagué aunque no haya pasado nada... que me quiere convencer de que siempre falta algo, pero no... y sí, me conozco: si no fumo, no duermo, si no paro, sigo sobrepensando hasta que me olvido de respirar.

Prendo, inhalo y siento que bajo... No al suelo, sino a mi... Me siento... Me callo... Lo intento.

Y entonces Gaia aparece, se para en la ventana y me maulla con ese tono que no discute, no me pide., me avisa: “Abre, que va a salir el sol.” Y lo hago, claro que lo hago. ¿Como decirle que no a esa mirada? ... luego se acomoda en el borde y se queda ahi en silencio, observando como si entendiera todo, como si supiera que ese momento es un ritual... No se mueve, no se apura ,parece que respira con el cielo... Y yo la miro y me dan ganas de ser como ella, de quedarme quieto sin culpa y de mirar sin tener que hacer nada con lo que veo.

Milo me muerde el tobillo y me vuelve a la tierra, me pide comida y juego al mismo tiempo... Me necesita, pero no me espera, todo al mismo tiempo... Como yo... Como mi cabeza... Como lo que siento.

Y estoy ahi, entre los dos: Gaia y Milo, entre el silencio y el ruido, entre la luz que empieza a colarse por la ventana, y el caos que me reclama desde el piso... Entre querer desaparecer, y querer que alguien me abrace sin preguntarme nada.

Estoy cansado... Con el pecho lleno y los ojos picando de sueño, pero estoy.

Y en este instante, eso me alcanza para cerrar los ojos y poder dormir.

...como un perro callejero.

Me estaba acostumbrando a estar solo, no a esa soledad poética que se vende en frases lindas en libros de autoayuda, sino la otra, la que no tiene filtro... La que se siente como abrir los ojos a las tres de la mañana y no saber si ya dormiste o todavía no, esa que no duele como una herida abierta, pero se va pudriendo despacio. y te deja hueco.

Los días pasan como hojas sueltas, se parecen tanto entre sí que a veces dudo si viví el día o solo lo imaginé, me despierto tarde, con mil ideas dando vueltas, pero sin energía para agarrar una.. pongo música fuerte para distraer el ruido interno, fumo hasta que me entumesco y luego dibujo algo... me pierdo, me quedo, me olvido...  a veces ni siquiera tengo hambre, solo escucho un podcast con la esperanza de que una voz externa le dé sentido al ruido que llevo adentro.

Mis gatos me acompañan, una duerme encima mío, el otro da vueltas por ahí, como si fueran dos partes de mí mismo: la que busca calor y la que busca escape... Y yo me quedo ahí, en esa mezcla rara de lucidez y parálisis como si todo pasara… sin mí.

Reconozco mis heridas, sé de dónde vienen, sé cuándo se abrieron... Algunas tienen nombres, otras solo fechas, no las niego, pero tampoco las curo.. No por orgullo ni por abandono, simplemente no sé cómo pero las dejo estar... Como un perro callejero, se lame la herida, se revuelca en tierra y se tira a esperar bajo el sol... No por fe, sino porque qué otra cosa queda.

Yo soy así.... Me lamo las heridas con humo, con canciones, con trazos... Me tiro en mi espacio con la misma rutina que otros van a misa, Y espero... No sé qué, tal vez que algo cambie... tal vez que algo se apague.

No estoy triste todo el tiempo... A veces incluso me río de esta forma absurda de habitarme, pero hay noches —y son muchas— donde ni el arte alcanza, ni la música abriga, ni el cuerpo responde... Y ahí es cuando todo se siente igual: yo, en esta especie de caparazón, con dibujos a medio hacer, playlists recicladas, y esa sensación de estar perdiéndome sin moverme.

La rutina se volvió un espejo, y cuando me veo desde afuera… me deprimo, no porque me odie, sino porque no sé si me reconozco... Antes hacía cosas con alguien, planeaba, compartía... Ahora lo hago solo, y sí, tengo libertad… pero también un vacío raro, como si nada tuviera propósito sin testigo.

Puedo hacer lo que quiera sin rendirle cuentas a nadie, pero ¿para qué discutir conmigo mismo?... A veces siento que me hablo solo y ni yo me escucho, como si no bastara con estar conmigo, aunque me esfuerzo en que así sea.. No es dependencia, es solo que, a veces, compartir da sentido y no tener con quién, duele.

No hay drama.

No hay épica.

Hay vida.

Una vida sostenida por hilos invisibles, que no se rompen… pero tampoco abrazan.

Y aún así, cada noche, cuando me acuesto con esa mezcla de hartazgo, humo y resignación,

queda algo encendido...

Chiquito.

Callado.

Obstinado.

Una voz que no grita, pero insiste: "no te vayas... aún no"


domingo, mayo 25

Un instante antes de decir su nombre.

Ella no busca brillar, y tal vez por eso termina brillando sin querer, ella camina como si el mundo no tuviera apuro y parece estar siempre un poco fuera de lugar, como si no encajara del todo, pero sin molestarse por eso... Tiene esa forma de estar sin hacerse notar, de existir sin necesidad de llamar la atención, y eso... eso me atrae más que cualquier grito por ser vista, por que las cosas bonitas no necesitan llamar la atención... 

Ella es delicada, no en el sentido frágil, sino en los gestos, en la manera en que habla, como si cuidara cada palabra para no romper el aire, ella no necesita levantar la voz para que me quede escuchando... A veces, dice cosas simples, pero las dice con tanta honestidad que me dejan pensando más de la cuenta...  Hay algo en su forma de mirarme que me desarma, no es intensa, no me invade; es más bien como si estuviera intentando leer algo en mí pero sin apuro, sin exigir respuestas... Y cuando baja la mirada… se vuelve todo distinto, hay timidez en ese gesto, algo genuino... Como si le costara sostener la idea de que alguien pueda verla también a ella con esa misma claridad, a veces siento que me observa como si yo fuera un enigma que quiere entender, y al mismo tiempo, como si presintiera que acercarse demasiado podría cambiar algo en ella... 

Ella no intenta gustarme, es de esas personas que no juega a agradar; y sin embargo, aquí estoy, atrapado... tratando de entender por qué me hace bien verla, por qué su sola presencia baja el volumen de todo lo demás...  No sé qué es lo que tiene, pero lo tiene...  

Y yo... yo estoy en un momento extraño, he cerrado una etapa que me pesaba, por primera vez en mucho tiempo no cargo con el mismo dolor de antes, me siento más liviano, más presente... He aprendido a estar solo sin sentirme perdido y no necesito que alguien llegue a completarme, solo quiero andar y volver a encontrarme... y en verdad, no quiero llevar a nadie a un lugar donde yo mismo estoy aprendiendo a estar.

A veces tengo ganas de decirle lo que siento, me imagino tomando valor y acercarme para decirle que me gusta su forma de estar en el mundo, que me dan ganas de conocerla más, sin máscaras ni juegos, salir, conversar, compartir un par de atardeceres sin pretensiones... Pero no lo hago, y no lo haré...  Hay una distancia sutil entre su momento y el mío, no por los años, sino por las vivencias... es por el ritmo con el que cada uno camina, y yo quiero forzar nada, no quiero ser un peso. Me basta con que de algún modo, sin palabras, sepa que hay alguien que la ve con algo de ilusión, que la respeta tal como es, y que prefiere quedarse a una distancia que no haga daño; sin invadir, sin romper... Solamente ahí, en silencio, cuidando que su historia siga siendo suya... porque no quiero romper nada, no quiero que su camino se tuerza por el mío.

sábado, mayo 24

Una noche cualquiera... o no

No todos los días uno se encuentra consigo mismo.
Y no todos los encuentros duelen.
Algunos simplemente suceden, sin hacer ruido,
como cuando te das cuenta de que estás llorando sin saber muy bien por qué.

Como hoy.

Hoy caminé por la plaza
No tenía un plan
Solo un poco de absenta todavía quemando suave en la garganta,
el humo compartido con la noche
 y ese sonido antiguo que parecía salir del corazón del viento.
No estaba buscando nada.
Pero a veces lo más profundo llega justo cuando no estás buscando.

Mi mente suele ser un torbellino.
A veces todo se cruza: pensamientos, recuerdos,
melodías inacabadas, palabras no dichas,
ideas que se escapan antes de poder atraparlas.
Y sin embargo… esta noche algo se detuvo.
Algo pidió silencio.
Algo se quebró con suavidad.

No sé cuándo fue la última vez que lloré así.
Quizá nunca.
Quizá siempre lloré por dentro, escondido en mis rutinas,
en mis dibujos, en la guitarra que toco para calmarme,
en la música que nunca publiqué,
en relaciones que no supe cuidar,
en promesas que no me supe cumplir.

Y esta noche, sin planearlo, me encontré conmigo.
En medio de la gente, sin que nadie lo notara,
entre el humo y una melodía lejana,
me sentí lo suficientemente seguro como para quedarme.
Para no huir.

Quedarme en mi cuerpo.
En el pecho apretado.
En los recuerdos borrosos.
En la tristeza sin nombre que a veces me habita.
En la fe que me niego a perder, incluso cuando me siento vacío.

He amado.
He perdido.
He tenido miedo.
Y muchas veces, he evitado sentir.
Porque hay momentos en que las emociones llegan como tormentas,
y uno no sabe si gritar, correr o simplemente esconderse.

Pero hoy no.
Hoy no me escondí.
Hoy me dejé llorar.

Y está bien.

Quiero guardar esta noche como quien guarda una carta escrita a mano,
un dibujo inacabado, un recuerdo que no duele del todo.
Quiero que me recuerde que estoy vivo.
Que puedo sentir.
Que no todo tiene que tener sentido para ser real.

Esta noche no quiero desaparecer.
Quiero dejar esto escrito.
Para mí, para ti, para quien lo necesite.
Para la persona que fui y no supo cómo quedarse.
Para la que está naciendo ahora,
en medio de este caos tan humano que es aprender a no huir más.

Y si algún día vuelves a leer esto
—ya seas tú, yo, o alguien que se reconozca en estas líneas—
recuerda:
no hay que tenerle miedo a sentir.
No hay que escapar del dolor.
A veces, llorar no es rendirse:
es abrir una puerta que estuvo cerrada durante años.

Y si vives con una mente que corre,
que olvida, que se dispersa, que se enciende y apaga…
también está bien.

Puedes detenerte.
Puedes quedarte.
Puedes respirar.
Aunque sea por una noche.
Como esta.


lunes, abril 28

...caminando bajo la lluvia.

Hoy la ciudad cruje bajo la lluvia, y yo, aquí, caminando despacio, como si cada paso tuviera que ser medido... El cigarro tiembla entre mis dedos, como mis pensamientos, que no encuentran paz, el frío se cuela en los huesos, pero no me importa... No hay prisa, nunca la hay cuando el alma sigue atrapada en el mismo rincón, me pongo los audífonos y una canción comienza a sonar, esa que sin querer contó nuestra despedida... una melodía llevaba nuestras palabras secretas.... Y entonces el mundo se vuelve más pequeño y yo me pierdo en ella, en esa canción que se conviernte en un eco lejano que sigue golpeando el mismo rincón de mi pecho.

"I wanna hold you in the dark... One last time...♫" Es como si esas palabras fueran cuchillas cortando en silencio, mientras recuerdo tu risa, tu cabello suelto, tu forma de abrazar el mundo...  te deslizas por mi mente y ya no tengo que cerrar los ojos para verte; estás en el gris del cielo, en el olor a tierra mojada, en cada nota que me perfora los oídos... Camino, pero no realmente... Sigo andando porque no sé cómo detenerme y no es que quiera olvidar, es que aún quedan partes de mi que no saben cómo dejarte ir...

Pero la canción sigue, como un recordatorio cruel de que lo que fue, ya no es.... "But oh babe, I really wish you would not cry♫" susurra la voz, y algo dentro de mí se rompe otra vez. Me pregunto si alguna vez sentiste lo mismo, si, al alejarte, también sentiste ese vacío... Pienso en detenerme, en buscarte en mas recuerdos, en hacer que el tiempo se revierta, aunque sé que no hay marcha atrás... Pero no lo hice, no esta vez.

El tabaco me consume, la lluvia sigue cayendo y la música, como siempre, sigue sonando. "I never tried to trick you babe ♫" dice la voz, y me doy cuenta de que ya no hay nada más que pueda decir. Lo que tuvimos, lo que perdimos, ya está hecho... Y tal vez eso es lo más doloroso: que no hay forma de regresar, de arreglar lo que se rompió.

Y ahí es cuando lo entendí: No era una derrota, ya no... La lluvia, el frío, el maldito cigarro que se apaga en mis manos... todo eso es solo ruido mientras la ciudad puede seguir llorando, pero yo ya no voy a quedarme atrapado en su llanto, el agua me cala hasta los huesos, pero no me importa; no tengo que esconderme del dolor, no tengo que correr hacia algo que no puedo recuperar... La vida me golpeó, sí... Y duele carajo, cómo duele cada cicatriz, pero he aprendido a llevarlo.

"Leave it out," canta la voz de la canción, y por primera vez en mucho tiempo, la escucho y dejo que la orden me atraviese... Ya no busco explicaciones, ya no busco culpables ni redenciones... Hay cosas que simplemente son. 

La ciudad puede caer, el cielo puede llorar, pero yo sigo caminando, respiro... Y en ese respiro, me doy cuenta de que ya no estoy buscando salvarme de mí mismo.

El cigarro ya no es un refugio, es solo una costumbre que quiero dejar atrás, la lluvia sigue, pero en cada paso que doy, sé que no necesito a nadie para seguir adelante... Esta vida es mía, y aunque me cueste aceptarlo, lo hago... La música sigue sonando, y me doy cuenta de que, aunque suene en mis oídos, ya no tiene el poder de definirme... Ya no estoy atrapado en lo que fue. 

Estoy aquí, ahora. Y eso es suficiente.







viernes, marzo 14

Entre el ruido y el silencio

Vivo en una especie de montaña rusa mental... No sé cómo explicarlo sin sonar dramático, pero es real, no hay un botón de pausa, no hay un control de volumen... Es como si tuviera mil pensamientos a la vez, cada uno compitiendo por mi atención, como si fueran niños gritando al mismo tiempo en un salón de clases... Uno me dice que termine una canción que dejé a medias hace meses, otro me recuerda que olvidé responder un mensaje, otro me insiste en que lave los platos, otro me convence de que no es tan urgente... Y así, en un bucle infinito.

A veces la energía me abruma... Hay momentos en los que tengo tantas ideas que siento que podría conquistar el mundo en una tarde. 

Me emociono, empiezo diez cosas a la vez, escribo fragmentos de canciones, dibujo bocetos sin terminar, hago planes que juro que esta vez sí cumpliré... Pero luego, en cuestión de horas o minutos, todo se desmorona y la motivación desaparece tan rápido como llegó, y lo que parecía una gran idea se convierte en una carga más en la lista de cosas inconclusas y ahí es cuando llega la frustración... Porque quiero hacerlo y quiero terminar lo que empiezo... Quiero ser constante, quiero que mi mente siga una línea recta en lugar de dispersarse como un maldito fuego artificial.

Pero no funciona así. Nunca ha funcionado así.

Y luego está el otro extremo: el silencio... No el de afuera, sino el de adentro, ese momento en el que, después de tanto ruido mental, me quedo paralizado como si la batería se hubiera agotado de golpe. Debería aprovechar el descanso, pero no se siente como descanso. Se siente como vacío... Como si algo dentro de mí estuviera roto y no supiera cómo arreglarlo, quiero hacer cosas, pero mi cuerpo no responde, quiero crear, pero no sé por dónde empezar... Es un ciclo agotador.

No es que no me esfuerce, no es que no me importe... Pero este desorden interno no se soluciona con una agenda bonita ni con recordatorios en el teléfono. No es cuestión de ser más disciplinado o de “simplemente concentrarme más”... Ojalá fuera así de fácil.

Aun así, hay algo en todo este caos que también tiene su magia... Porque en los desvíos, en la impulsividad, en los cambios de dirección repentinos, es donde encuentro las mejores ideas, en esos momentos de energía desbordante es cuando nacen las canciones más sinceras, en esos saltos mentales sin lógica.. Es un desastre, sí. Pero es mi desastre.

Y aunque muchas veces me pierda en él, sé que de alguna manera siempre termino encontrándome... Porque al final del día, aunque mi mente nunca deje de correr, la música sigue sonando...

... Buenos días?

Es raro decirlo... No porque sea imposible, sino porque simplemente no pasa tan seguido. Hoy abrí los ojos y el mundo no pesaba tanto, no hubo esa sensación de arrastrarme fuera de la cama, ni el golpe inmediato de los recuerdos que usualmente me esperan al despertar... No hubo culpa, ni melancolía, ni esa presión en el pecho que a veces ni sé de dónde viene.

Y eso es extraño, sobre todo después de la noche que tuve... Los gatos decidieron que el insomnio no era suficiente castigo; Gaia, inquieta, se movía de un lado a otro, con esa actitud reservada que tiene cuando algo la molesta, tal vez Milo, tal vez algo más... No lo sé, solo sé que no dejó de merodear, de acomodarse en un rincón solo para cambiar de lugar un minuto después. Como si buscara paz y no la encontrara.

Y luego Milo, el huracán a las 3 a. m. Y el departamento era su territorio de guerra:  zancadas veloces por el pasillo, saltos inesperados, ataques imaginarios contra enemigos invisibles... Cada vez que el silencio parecía establecerse, él encontraba una nueva forma de romperlo. Y yo medio dormido, lo veía brincar con la energía de quien no entiende de cansancio ni de tiempo.

No debería haber dormido bien... No debería haber amanecido con este ánimo, lo lógico sería despertar con el peso de la noche en los ojos, con el cuerpo pidiendo tregua y la mente sumida en su caos habitual... Pero aquí estoy, extrañamente ligero.

No significa que todo esté bien... No lo está. Sigo siendo el mismo tipo con la misma historia, los mismos errores y los mismos silencios que duelen... Pero hoy todo eso está en pausa, como si mi mente hubiera decidido darme un respiro, aunque no sé si por generosidad o por puro agotamiento.

... Y es extraño, porque cuando uno se acostumbra a cargar el peso de todo, la calma también desconcierta... Me pregunto si este alivio es real o solo un truco del cerebro, como esos parpadeos entre tormentas donde el cielo parece limpio por un instante antes de volver a llover... Me pregunto si esto es un respiro o solo la calma antes de otro golpe.

Pero no quiero pensar demasiado... A veces eso arruina todo y hoy solo quiero existir sin pelear con el día, no cuestionarlo, no interrogarlo, no tratar de encontrarle explicaciones... Dejar que la música suene, que el café se enfríe en la mesa, que el tiempo pase sin preguntarme a dónde va.

Hoy no tengo preguntas ni respuestas.

Solo tengo este instante, extraño y ligero.

Hoy amanecí de buen humor… 

Y no sé qué hacer con eso.

miércoles, marzo 12

El Síndrome del Impostor.

(Ese maldito ruido en mi cabeza) ... A veces me pregunto si todo esto es real, si de verdad soy un artista, un músico, alguien que crea algo que vale la pena o si solo estoy fingiendo, copiando fragmentos de otros, atrapado en una ilusión que algún día se va a romper... Porque cada vez que intento mostrar mi trabajo, esa voz vuelve, esa que me dice que no soy suficiente, que mi música no es lo bastante buena, que mis letras no son lo bastante profundas, que mis pinturas y dibujos no transmiten lo que deberían, y que, incluso si fueran buenas, hay miles allá afuera que lo hacen mejor, miles. Es como si mi mente encontrara placer en recordarme lo insignificante que soy en comparación con todo lo que existe. ¿Para qué intentarlo entonces? ¿Para qué exponerme a la burla silenciosa de quienes me miran y piensan que no tengo talento?

Esa voz es como un eco de todo lo que alguna vez me dijeron, de las comparaciones, de los "no es para tanto", de las veces que intenté mostrar mi arte y solo recibí un gesto indiferente o una crítica disfrazada de consejo. "Tal vez si hubieras trabajado más en la letra...", "suena bien, pero le falta algo...", "me gusta, pero no me llega tanto como otras canciones...." Y no es que no quiera mejorar, no es que no acepte la crítica, es que cada palabra se queda dentro como una astilla, y con el tiempo, todas esas astillas se convierten en algo que pesa, que se clava en la piel y no me deja avanzar... Tal vez esa voz la construí yo mismo, con cada duda, con cada postergación, con cada proyecto que dejé a medias porque sentí que no valía la pena y ahora se ha vuelto un ruido de fondo, un parásito en mi mente que nunca se calla del todo.

Y lo peor es que no solo me pasa con el arte, me pasa con todo: Con mis relaciones, con mi familia, con mis amigos, con el amor... Con cada persona que alguna vez se ha acercado demasiado. Porque a veces, incluso cuando alguien me dice que me quiere, que me valora, que me admira, no puedo evitar preguntarme si es cierto, si realmente me ven así, o si en algún momento van a descubrir lo que yo mismo siento: que no soy suficiente, que hay algo en mí que no encaja, que no pertenezco. Y si me descubren, ¿qué pasará? ¿Me dejarán? ¿Me mirarán diferente? ¿Se alejarán poco a poco hasta que desaparezcan sin que me dé cuenta? Es más fácil alejarme yo antes de que eso pase, antes de que el abandono se vuelva real, antes de que la decepción se refleje en sus rostros.

Con mi familia siempre ha sido igual, los quiero, sí, pero hay una distancia que nunca he sabido cómo acortar... Ellos creen en mí, supongo, pero a veces siento que no me entienden, que no comprenden por qué la música es tan importante para mí, por qué necesito perderme en el arte, por qué no sigo el camino lógico que otros siguen. ¿Por qué no consigues un trabajo estable?, Podrías haber sido tan bueno en cualquier otra cosa..., ¿Por qué complicarte tanto la vida?. No me lo dicen de mala intención, lo sé... Pero cada una de esas frases es como una prueba de que el mundo en el que ellos viven no es el mismo en el que yo respiro; y yo en vez de intentar explicarlo, solo me alejo porque es más fácil esconderse que sentir que decepcionas a quienes te dieron la vida... Porque, en el fondo, hay una parte de mí que siente que tal vez ellos tengan razón.

Con el amor… bueno, el amor siempre ha sido un desastre... Siempre ha estado esa sombra de que "en algún momento se va a ir", que van a encontrar a alguien más estable, más confiable, menos caótico... Y no es que quiera que pase, pero casi siempre lo veo venir y cuando llega el momento, cuando las dudas empiezan a aparecer, cuando el miedo a que me dejen se vuelve insoportable, termino alejándome yo antes de intentar luchar o que lo haga alguien mas; y no porque quiera, sino porque es lo único que sé hacer, porque en mi cabeza siempre existe la posibilidad de que todo lo bueno se esfume, de que el cariño se desgaste, de que me comparen y elijan a alguien más ¿Y si nunca te amó de verdad?, ¿Y si solo estaba contigo porque no tenía otra opción en ese momento?, ¿Y si ya encontró a alguien mejor, alguien que sí merezca su amor?. No importa cuántas veces alguien me haya demostrado lo contrario, la duda sigue ahí, como una mancha que no se borra.

Los amigos… los pocos que tengo, los conservo, pero incluso con ellos a veces siento que estoy fuera de lugar, como si hubiera una parte de mí que no pueden ver del todo, que no puedo compartir y de nuevo, no porque no quiera, sino porque simplemente no sé cómo. 

A veces quiero hablar de todo esto, de la inseguridad, del miedo, del ruido en mi cabeza, pero me detengo porque sé que para alguien que no lo siente suena exagerado. Como si estuviera buscándole problemas a algo que no debería tenerlos... Así que finjo, finjo que estoy bien, que me da igual, que las críticas no me afectan, que las comparaciones no duelen, que las rupturas no me parten en dos... Y el problema de fingir tan bien es que al final, cuando necesito hablar, nadie sospecha que algo va mal.

Y así, me encuentro atrapado en este ciclo... Dudando de mi arte, de mis relaciones, de mi lugar en el mundo, escuchando esa voz que me dice que no soy suficiente, que tarde o temprano todos se darán cuenta, que lo mejor sería dejar de intentar., que debería rendirme, desaparecer, hacerme a un lado antes de que sea demasiado tarde... Pero no lo hago. Porque aunque esa voz sea fuerte, hay algo dentro de mí que se resiste, algo que, a pesar de todo, sigue componiendo, sigue escribiendo, sigue pintando, algo que, aunque el miedo sea grande, sigue eligiendo amar, aunque duela, aunque termine mal... Algo que, a pesar de todo, sigue luchando por existir.

Tal vez nunca voy a callar esa voz, tal vez nunca voy a sentir que soy suficiente... Pero lo que sí puedo hacer es no dejar que me gane, porque al final, ser artista, ser humano, no se trata de no dudar nunca... Se trata de seguir adelante a pesar de la duda, de seguir creando a pesar del miedo, de seguir amando a pesar de la posibilidad de perder.

Y mientras siga haciendo eso, sigo siendo yo.

… ¿Y ahora qué? ¿Publico esto? ¿Y si piensan que estoy exagerando? ¿Y si creen que solo busco atención? ¿Y si se ríen de mí, en silencio, sin que yo lo sepa? Podría dejarlo en borradores, como tantas otras veces... Pero si lo dejo ahí, si lo guardo, entonces ese maldito ruido en mi cabeza habría ganado. 

Tal vez alguien allá afuera necesita leer esto tanto como yo necesito escribirlo... Tal vez, solo tal vez, compartirlo sea mi forma de resistir.

¿Limerencia?

La conocí una noche de noviembre cualquiera, en un bar cualquiera... Había demasiada gente, demasiada música y demasiadas conversaciones solapándose en un murmullo sin forma, no sé por qué me acuerdo de esa noche, pero la recuerdo... Tal vez porque ella estaba ahí.

Llamémosla... mmm Nath... 

No era como esas personas que dejan una impresión instantánea, no tenía una risa estruendosa ni una mirada que te hiciera dudar de todo pero había algo en ella; algo ligero, algo fácil, quizá su forma de hablar, de moverse, de reírse con desgana, como si todo en la vida fuese un chiste contado a medias... Era ese tipo de personas que parecen no estar atadas a nada, que nunca llevan equipaje emocional.

Quizá eso me atrapó... O quizá solo era yo aferrándome a cualquier historia en la que pudiera fingir que nada dolía demasiado.

Al principio, fue simple... Un juego sin reglas, pero con el tiempo empecé a buscarla en los lugares de siempre, a esperar mensajes que no llegaban, a encontrar significado en silencios que tal vez nunca fueron para mí. Lo peor fue darme cuenta de que cada vez que Nath desaparecía sin aviso, yo me quedaba sosteniendo una conversación que nunca llegó a ocurrir, y cuando volvía, lo hacía con la misma naturalidad con la que se había ido, yo lo tomaba como una señal... Me convencí de que dudaba, de que tenía miedo, de que tal vez, en algún rincón de su mente, yo significaba algo.

Era mentira.

Una noche, entre risas y palabras que se sentían más pesadas de lo que deberían, Nath dejó caer una frase que ni siquiera parecía importante para ella: "No sé si alguna vez me he enamorado de verdad..." 

Fue un comentario casual, uno de esos que la gente dice sin pensarlo demasiado... Pero a mí me golpeó como un disparo a quemarropa.

Me quedé callado... Algo en mi cabeza detonó.

Yo sí sabía lo que era el amor, lo había sentido como el frío en la piel, como el humo llenándome los pulmones... Lo había vivido, lo había defendido hasta quedarme sin fuerzas... Y lo había perdido.

¿Cómo podía alguien no saber si había amado? ¿Cómo podía ser tan fácil decirlo, sin miedo, sin cicatrices en la voz? ... fue ahí cuando entendí que nunca habíamos estado en el mismo lugar, que nunca hubo señales, ni dudas, ni verdades a medias... Solo había sido yo, atrapado en mi propia historia, persiguiendo reflejos en un espejo roto.

Y sin embargo, mientras caminaba de regreso a casa, con el eco de su frase aún en mi cabeza, supe que el peso en mi pecho no era solo por Nath.

Era más antiguo... más profundo.

Había estado buscando respuestas en personas que ni siquiera sabían las preguntas, había querido encontrar en otros lo que solo existía en un pasado al que no podía volver.

A unos ojos que me desafiaban con ternura y rabia... Una voz que sabía empujarme al límite y, al mismo tiempo, hacerme sentir en casa... Un amor que no fue fácil, que me consumió como el fuego consume la madera: lento al principio, con destellos de calidez, hasta convertirse en un incendio que arraza con todo... Siempre Ella.

No importa cuánto me mienta, cuánto finja que estoy avanzando, la sigo buscando en otras personas, en otras historias, como un reflejo maldito al que siempre termino regresando.

Me detuve en la acera... La ciudad seguía su curso sin prestarme atención.

Nath ya no importaba... Su nombre, su risa, su forma de jugar con su copa entre los dedos... todo se había desvanecido en cuestión de minutos y sólo bastó una sola frase para que dejara de significar algo y por un momento, su recuerdo también desapareció, no solo Nath... Ella.

Fue solo un instante... Unos segundos en los que mi mente estuvo en blanco, en los que no recordé su voz, ni su risa, ni la forma en la que me miraba cuando creía que yo no la veía.

Un silencio absoluto en mi cabeza... Creí que al fin la estaba olvidando.

Pero entonces, la imagen volvió, su risa, si cabello desordenado...  como un disco rayado que siempre regresa al mismo maldito punto. Y supe que todavía no.

¿Y si pudiera hacer lo mismo con ella?... No con Nath... Con Ella.

Si pudiera arrancarla de mi memoria con la misma facilidad con la que descarté a Nath, si su recuerdo se borrara tan rápido…Tal vez, solo tal vez, al fin podría respirar sin sentir que hasta ahora la llevo a cuestas.

martes, marzo 11

El viento no responde preguntas, solo las arrastra

Nació en una ciudad donde el frío cala hasta los huesos y el viento arrastra historias y nostalgia, donde la lluvia cae sin aviso, borrando las huellas de quienes intentan quedarse, ahogando palabras antes de que puedan convertirse en promesas, lavando los recuerdos hasta que solo queda la sensación de lo que alguna vez fueron... Un lugar donde la vida parece moverse más lento, pero el tiempo siempre encuentra la forma de arrastrarlo todo.

Creció rápido, entre cerros, calles empedradas y el frío del lago... Aprendió a soportar la soledad antes de entenderla, a callar cuando todo en su cabeza gritaba, siempre sintió que había algo en él que no encajaba del todo, una inquietud constante que lo hacía oscilar entre la necesidad de compañía y el impulso de alejarse... Los días pasaban entre notas inacabadas y pensamientos que iban más rápido de lo que podía procesar, una tormenta en la que a veces se perdía, otras se escondía.

La música llegó como una respuesta a preguntas que nunca supo formular... Fue lo único que tuvo sentido cuando el mundo parecía demasiado ruidoso, cuando todo exigía demasiado, se aferró a ella con la intensidad de quien sabe que lo único que tiene es su voz, sus manos y un par de acordes que nunca suenan igual dos veces... Con ella podía callar el caos por un momento, hacer que todo encajara aunque fuera solo en el instante en que tocaba.

Amó una vez, tal vez… nunca lo supo y siempre tuvo miedo de averiguarlo porque amar significaba perder el control, dejar que alguien más viera las partes que él mismo evitaba mirar... significaba quedarse, cuando todo en su interior siempre había estado listo para huir y él nunca fue bueno con eso. A veces se convencía de que lo había sentido, de que había dejado caer las barreras pero la sensación de vacío siempre volvía, la certeza de que, por más que intentara, algo en él seguía al margen, sin entregarse del todo... Tal vez confundió el amor con la costumbre de extrañar.

Y entonces la vio... Fue la primera vez que la vio tocar guitarra, la primera vez que la escuchó reír... Algo en su manera de sostener el instrumento, en la forma en que sus dedos recorrían las cuerdas como si fueran parte de ella, en la intensidad con la que cerraba los ojos en cada nota, lo dejó sin aire, lo desarmó por completo... Fue un golpe seco en el pecho, una sacudida que lo dejó sin defensas... Como si hubiera pasado años esperando ver algo así, sin saber que lo estaba buscando.

No fue inmediato, no fue un incendio, sino una llama que se fue avivando con cada encuentro, con cada noche en la que la música reemplazó las palabras, con cada risa que no necesitaba explicación... Fue algo que se fue metiendo como la tinta bajo la piel, con el mismo dolor y el mismo placer de hacerse un tatuaje... Fue la acumulación de acordes que encajaban mejor que las frases ensayadas, de silencios que no pesaban, de una presencia que empezó a sentirse como hogar... Y sin darse cuenta, empezó a necesitarla más de lo que estaba dispuesto a admitir... Amó ésa vez.

Pero había algo en él que siempre estaba a punto de irse, algo que lo hacía retroceder justo cuando todo parecía encajar, no sabía cómo quedarse sin sentirse atrapado, no sabía cómo explicar que a veces el miedo a perder algo lo hacía destruirlo antes de que tuviera la oportunidad de romperlo a él... Ella lo notó pero no lo entendió... Y un día, se cansó de preguntar, de creer y de confiar

Ella se fue... se fue con su risa, su guitarra y su cabello siempre revuelto… todo se convirtió en un eco distante. Una melodía que solía conocer y ahora apenas podía recordar con claridad... A veces, en medio de la noche, creía escuchar su voz entre los acordes de una canción olvidada, pero era solo el viento.  solo el tiempo, arrastrando lo que quedaba de ella, desdibujando su rostro, su tacto, su forma de mirarlo... Se fue, y con ella se llevó algo más que su presencia; porque se llevó la certeza, la calma, la idea de que esta vez podría ser diferente.

El tiempo siguió, pero él se quedó entre bocanadas de humo y acordes sin terminar, entendió que olvidar no era una opción, solo una mentira bien ensayada. Los días pasaban y él los dejaba ir, sin sostenerlos, sin luchar contra ellos... Se dejó consumir por la rutina de la ausencia, por la inercia de seguir respirando sin sentir que realmente estaba viviendo.

Hasta que una noche, entre lluvias por terminar y atardeceres por empezar, subió a lo más alto que pudo... Desde ahí, donde la ciudad se volvía un murmullo y el lago devoraba el horizonte, le gritó al viento que ya no aceptaba este dolor, que estaba cansado, que no quería seguir sosteniendo un recuerdo que lo ahogaba... Que ya no le bastaba sobrevivir....

Las manos frías y la guitarra a la espalda... Tocó sin pensar, dejó que las cuerdas hablaran por él... Y entonces, el viento le respondió... No hubo redención, ni certezas, no hubo alivio inmediato, pero cuando bajó esa noche, algo en él había cambiado.

El vacío seguía ahí, los recuerdos también, pero por primera vez en mucho tiempo, entendió que el dolor no iba a matarlo... Que no necesitaba deshacerse de él para seguir adelante.

Siguió tocando. No esperando nada. No huyendo de nada. Solo dejando que el viento hiciera su parte...Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no sintió que estaba perdiendo.