viernes, diciembre 26

Se acaba

Ya casi acaba el año y el cuerpo parece haberlo decidido antes que la cabeza: duerme cuando quiere, se despierta sin culpa, cumple apenas lo esencial (comida, agua, presencia) y luego vuelve a disolverse en la inercia de la pantalla... No hay prisa ni propósito claro, solo horas que se estiran sin forma mientras el mundo insiste en pedir comienzos, rituales, balances; me pregunto si realmente hace falta marcar algo, si encender una vela o escribir una lista cambia el peso de lo vivido, o si este estado (quieto, disperso, medio anestesiado) ya es una respuesta en sí misma y en medio de esa duda, la mirada se va sola hacia afuera, como buscando en lo ajeno una señal de cómo atravesar este umbral sin forzarle sentido.

Desde la ventana todo parece transitorio: Gente que no vive aquí camina con la calma del que está de paso, como si el tiempo se hubiera abaratado por los feriados, maletas apoyadas en veredas húmedas, despedidas que no hacen ruido, reencuentros que duran lo justo antes de volverse recuerdo otra vez... Hay abrazos que no alcanzo a oír, pero casi puedo olerlos: esa mezcla de ropa guardada, perfume conocido y algo íntimo que solo aparece cuando dos cuerpos se reconocen después de mucho tiempo.

El aire está cargado de cosas mínimas; el frío no muerde, se posa, el cielo gris no pesa; observa... La tierra mojada suelta ese aroma antiguo que despierta escenas que no pedí: una risa olvidada, el color exacto del cabello de alguien que no veo hace años, la forma en que una voz pronunciaba mi nombre... No es nostalgia dulce ni amarga; es más bien una saturación, todo llega junto, sin jerarquía, sin filtro, como si los sentidos no supieran qué soltar primero.

Diciembre intensifica esto... No por lo que trae, sino por lo que remueve., cada estímulo se queda un segundo más de lo normal, cada imagen deja residuo... Un abrazo no termina cuando se suelta, sigue flotando en el aire. Un recuerdo no aparece completo, aparece fragmentado: una textura, un olor, un gesto mínimo que insiste más que la historia entera. Vivir así no es tragedia ni privilegio, es simplemente vivir con el volumen un poco más alto de lo que el mundo considera cómodo.

Desde afuera se espera balance, cierre, arrepentimiento., pero adentro no hay estructura para eso, solo movimiento. La mente va y vuelve, se engancha en detalles aparentemente inútiles, los estira, los mezcla con el presente... No hay intención de quedarse atrapado en el pasado; es el pasado el que se filtra por cualquier rendija cuando el ambiente lo permite y hoy el ambiente es una invitación abierta.

Por eso este día incomoda ni exige acción, tampoco permite indiferencia, es solo que todo se siente más: el frío, los colores apagados, las despedidas, los reencuentros, los que  no son propios... No es que duela ni que reconforte; es que ocurre con intensidad y eso, aunque canse, también es una forma honesta de estar aquí, mirando por la ventana cómo otros llegan y se van, mientras uno se queda habitando lo que todavía resuena.

jueves, diciembre 11

Umbral

Hay momentos en la vida en los que uno se da cuenta de que no está peleando contra el mundo, sino contra sí mismo... No es una batalla épica ni cinematográfica; es algo más simple y más brutal, es una conversación directa con las voces de uno mismo que preferiría dejar en silencio.

Durante mucho tiempo pensé que para que algo funcionara (una relación, un inicio, un “ver qué pasa”) tenemos que mostrar una versión depurada de nosotros mismos, queremos vernos impecables, firmes, centrados, sin grietas. Creemos que la vulnerabilidad es un lujo que solo se puede permitir cuando ya todo esta seguro... pero no... Intentamos mostrar control, calma, estabilidad absoluta, queremos ocultar nuestros demonios y todo aquello que consideramos demasiado:

- Demasiada intensidad.
- Demasiada necesidad.
- Demasiada oscuridad.

Pero esconder nunca resuelve nada, solo fabrica versiones falsas de uno, versiones que terminan explotando cuando la realidad pedía autenticidad... con los años entendí que el problema nunca fueron mis demonios, fue la forma torpe e inútil en que intenté ocultarlos.

Hace poco volví a sentir algo y no exagero: simplemente algo... Un movimiento interno, sutil pero claro, que me recordó que todavía soy capaz de abrir una puerta sin destruir el marco...  que puedo mirar a alguien sin levantar murallas, ni esconder la sombra detrás de la espalda, una conexión tranquila que no me pide máscaras, que me hace querer hacer las cosas bien  y no para impresionar, sino para ser coherente con mis luces y sombras.

Y ahí es cuando aparece la certeza:

No tengo que esconder mis demonios, solo tengo que demostrar que yo soy quien está a cargo de ellos... y carajo, claro que tengo miedo...

- Miedo de sentir demasiado rápido.
- Miedo de que mi impulso me juegue en contra.
- Miedo de que mis demonios aparezcan en momentos que no espero.

Sigo teniendo grietas, sigo cargando heridas que me visitan en la madrugada... cuando la ansiedad quiere negociar conmigo... Sigo dudando de mi y de mi propio deseo cuando algo se vuelve demasiado real....  Pero esta vez no estoy corriendo:

- Estoy observando.
- Estoy respirando.
- Estoy eligiendo.

Y al elegir descubro que un vínculo sano no se construye desde la perfección, sino desde la claridad, que no necesito convencer a nadie de que "estoy bien”; solo necesito mostrar de dónde viene cada sombra y sobre todo, que no voy a permitir que alguna de ellas hable por mí.

Mis demonios siguen ahí... las heridas que dejaron también, mis sombras no han desaparecido, quizá no lo harán...  Pero ahora ya no toman el volante, y cada vez que algo bueno aparece en mi vida ahora soy yo quien decide el ritmo, soy yo quien decide cuándo respirar, soy yo quien decide hablar con calma en lugar de reaccionar desde el miedo.

Estoy aprendiendo a construir algo desde la sinceridad y no desde la necesidad, a cuidar este inicio (lo que sea que esté naciendo) con claridad, estoy aprendiendo a decir que sí, tengo mis partes difíciles… pero también tengo la voluntad y la consciencia para manejarlas... Porque no quiero que nadie entre a mi vida y encuentre un laberinto subterráneo con versiones rotas que intenté ocultar... Prefiero decir que conozco cada pasillo, cada grieta, cada nombre que alguna vez usé para herirme y  aun así camino hacia adelante.

No soy un hombre sin demonios.... Soy uno que aprendió a sentarlos a la mesa y a decidir cuándo pueden hablar y cuándo no.

Y quizá eso es lo indispensable para construir algo limpio, no es la ausencia de oscuridad, sino la capacidad de mantenerla bajo una luz que no necesariamente tenga que iluminar todo, sino que muestre honesidad.

Hay una parte de mí que sigue aprendiendo a vivir con ausencias que dejaron marcas profundas... No las huyo ni las romantizo; simplemente las cargo con respeto... Como esa historia que terminó antes de que yo entendiera cómo sostener lo que amaba, y aunque su eco todavía aparece en ciertos silencios considero que ya no es una herida abierta; es una cicatriz que me recuerda lo que perdí, lo que sobreviví y lo que no quiero repetir...  Y no, no busco reemplazar nada... Solo quiero construir algo nuevo sin que esos fantasmas decidan por mí...  Porque merezco avanzar sin destruir lo que llega, y honrar lo que fue sin convertirlo en una sombra interminable.

No necesito esconder lo que soy.... Solo necesito seguir demostrando que incluso con mis sombras, estoy aprendiendo a sostener algo sin romperlo, porque al final, todo esto también es un Umbral, el instante preciso donde dejo atrás lo que me hundía para entrar, por fin, en algo que puedo construir sin miedo.

miércoles, diciembre 3

...un poco a destiempo


Hoy desperté un poco a destiempo, con la cabeza en mil direcciones y esa sensación extraña que trae diciembre. Pero ella estaba ahí, mirándome con esos ojos verdes que parecen una pausa en medio del ruido. No dice nada, no exige nada… solo existe, y con eso basta para que el día no se sienta tan inclinado hacia el caos.

Mientras me alisto para salir, pienso en todo lo que me espera afuera, en lo que podría pasar, en lo que quizá no. Y aun así, verla tan tranquila, escondida entre sombras y luz, me acomoda algo por dentro. Es como si me recordara que no tengo que correr para alcanzarme.

A veces basta un par de ojos observándote en silencio para que la mañana tenga sentido. Hoy, fue eso. Y está bien

lunes, diciembre 1

No me gusta diciembre.

Diciembre llega como una visita que irrumpe sin tocar la puerta... Yo puedo estar tranquilo, avanzando a mi ritmo, y de pronto este mes entra, enciende todas las luces y me exige un recuento del año y no sé qué responderle. 

Camino por las calles y el mundo parece saber exactamente qué sentir: fiesta, euforia, gratitud, todo brilla demasiado, todo hace ruido, todo pide algo... Yo, en cambio, voy zigzagueando entre estímulos: una luz que parpadea, un villancico que se repite, una sombra que se mueve y me arrastra a un recuerdo que no quiero ver. Intento volver al presente, pero se me escapa como si diciembre subiera el volumen sin preguntarme.

Este mes intensifica todo: lo pendiente, lo olvidado, lo que dolió y no quise mirar, hay momentos en que quiero ordenar mi vida entera —la habitación, los proyectos, mis emociones—, y empiezo con fuerza… hasta que algo me atraviesa y me quedo suspendido, mirando un punto fijo, sin saber cómo retomar... el tiempo cambia de forma, se estira, se encoge, se rompe.

Las luces de diciembre me cansan, no porque sean feas, sino porque parecen obligarme a sentir algo que no siento... La gente habla de abrazos, de familia, de logros, y yo solo escucho un ruido lejano, como si estuviera en otra frecuencia. Y hay recuerdos que aparecen sin permiso; olores antiguos, voces que ya no están, promesas que no supe cumplir. me atacan en los momentos más inesperados, y termino sintiéndome más fuera de lugar que nunca.

A veces, mientras todo el mundo celebra, me sorprendo imaginando que desaparezco un par de días... No es huir; es detener el mundo lo suficiente para poder respirar sin sentirme observado, sin exigencias, sin expectativas... Ser un punto suelto en un mapa donde nadie nota si me muevo o no. Pero la vida sigue llamando, incluso cuando no sé qué quiere de mí.

Hay noches de diciembre en las que vuelvo a casa y me quedo en la oscuridad, escuchando el eco de mis propios pensamientos mezclados con petardos a lo lejos (Todos lo años es lo mismo). Me digo que debería estar feliz, o al menos tranquilo, pero lo único que siento es esa mezcla extraña entre cansancio y lucidez, como si mi mente quisiera mostrarme todas mis partes al mismo tiempo.

Y aun así, en medio de este mes que agota y confunde, hay personas que llegan como un respiro inesperado... Entra sin hacer ruido, no intenta iluminarlo todo aunque no sea necesario... Simplemente estás, y en esa presencia tranquila, en esa forma suave de acompañar sin exigir, uno descubre que a veces basta una conversación, una mirada… una canción al oído, un beso que por un momento me saca del circo que tengo en la cabeza... Hay presencias que alivian sin tocar las heridas, que vuelven habitable mi propia mente...

... Y de pronto, sin anunciarse, te encuentras dispuesto a abrir una puerta que creías haber cerrado para siempre, o para la que ya no tenías llave, y entonces me pregunto cómo llegué hasta aquí? 

Con mis vacíos, mis intentos, mis contradicciones, mis momentos de brillo que se apagan rápido., con esa sensación de estar siempre un paso delante o un paso detrás de mí mismo.

Pero sigo.

De alguna manera, sigo.

Diciembre me obliga a verme de cerca, incluso cuando no quiero., me muestra lo que perdí, lo que dejé a medias, lo que todavía duele... Y aunque muchas veces me siento pequeño dentro de este mes que lo amplifica todo, también descubrí que, pese al ruido, al caos y a la confusión interna, todavía tengo ese hilo invisible que me jala hacia adelante... Y esta vez, por extraño que parezca, tengo la sensación de que algo podría ser distinto, como si por fin hubiera un camino que no se siente impuesto, ni forzado, ni ajeno.

No sé qué traerá el próximo año.

No sé cuánto podré con lo que viene, ni si encontraré el ritmo que todos parecen tener.

Pero sigo caminando.

Un poco más honesto conmigo.

Un poco menos asustado de abrir puertas.

Un poco más dispuesto a que algo bueno suceda.

Y tal vez eso no sea mucho.

Tal vez sí.

No lo sé.

Lo único que sé es que, esta vez, no solo espero sobrevivir otro año…

…sino que también quiero ver qué podría pasar si dejo que las cosas, por una vez, sean diferentes.