Últimamente todo parece más lento... Como si cada gesto exigiera una pequeña negociación interna: respirar, responder, permanecer, a veces, el cuerpo está pero la mente se disuelve en pensamientos que corren en direcciones opuestas, buscando sentido donde ya no hay certeza... Es extraño… querer estar, y al mismo tiempo necesitar huir.
Hay alguien que rodea mi vida que se esta undiendo, y yo lo sé... No me lo pide, no lo admite, pero lo veo: Esa forma de esconder el temblor bajo una sonrisa, de disimular el cansancio con palabras sueltas... Intento ayudar, y aunque sé que cuidar a quien no quiere ser cuidado es como intentar encender una vela bajo la lluvia, una parte de mí lo hace con blandura, la otra se agota mirando cómo el fuego se apaga una y otra vez.
... Y sin embargo, no puedo soltarlo del todo, no por obligación, ni por culpa, sino por esa fuerza que nace del instinto de no rendirse; de querer sostener algo incluso cuando ya no hay fuerzas... A veces me digo que debería apartarme, que sería más fácil (Pero no puedo) No sé si es por amor, costumbre o esa extraña necesidad de reparar lo que no me corresponde. .. Solo sé que cada vez que doy un paso atrás, algo en mí se siente cobarde... que me estoy traicionando a mí mismo.
El cansancio no siempre viene del cuerpo... A veces es mental: un ruido constante que no deja dormir, una marea que empuja los pensamientos en todas direcciones, trato de concentrarme, pero la mente se me escapa a mitad de cada idea. Entonces, me pierdo entre cosas pequeñas (un sonido, una palabra, un recuerdo) y regreso cansado de no haber llegado a ningún lugar.
Y aun así, hago lo correcto, o al menos, lo intento... Sigo presente, aunque no me miren, sigo cuidando, aunque me rechacen, sigo hablando con calma incluso cuando por dentro quisiera gritar... Porque en el fondo sé que si dejo de hacerlo, me pierdo a mí mismo, que el verdadero abandono no es dejar a alguien, sino dejar de ser quien uno decidió ser.
Hacer lo correcto no siempre alivia... A veces, solo duele distinto.
Pero ese dolor, por más áspero que sea, tiene una textura de verdad.
Y en medio del ruido, de la mente que se dispersa, de los días que se hacen largos y las noches sin sueño, esa fidelidad silenciosa a lo que uno cree correcto se convierte en una forma de calma.
Quizás eso sea la paz: no es el descanso, sino la certeza de seguir siendo uno mismo,
incluso cuando ya no hay fuerzas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario