Ya casi acaba el año y el cuerpo parece haberlo decidido antes que la cabeza: duerme cuando quiere, se despierta sin culpa, cumple apenas lo esencial (comida, agua, presencia) y luego vuelve a disolverse en la inercia de la pantalla... No hay prisa ni propósito claro, solo horas que se estiran sin forma mientras el mundo insiste en pedir comienzos, rituales, balances; me pregunto si realmente hace falta marcar algo, si encender una vela o escribir una lista cambia el peso de lo vivido, o si este estado (quieto, disperso, medio anestesiado) ya es una respuesta en sí misma y en medio de esa duda, la mirada se va sola hacia afuera, como buscando en lo ajeno una señal de cómo atravesar este umbral sin forzarle sentido.
Desde la ventana todo parece transitorio: Gente que no vive aquí camina con la calma del que está de paso, como si el tiempo se hubiera abaratado por los feriados, maletas apoyadas en veredas húmedas, despedidas que no hacen ruido, reencuentros que duran lo justo antes de volverse recuerdo otra vez... Hay abrazos que no alcanzo a oír, pero casi puedo olerlos: esa mezcla de ropa guardada, perfume conocido y algo íntimo que solo aparece cuando dos cuerpos se reconocen después de mucho tiempo.
El aire está cargado de cosas mínimas; el frío no muerde, se posa, el cielo gris no pesa; observa... La tierra mojada suelta ese aroma antiguo que despierta escenas que no pedí: una risa olvidada, el color exacto del cabello de alguien que no veo hace años, la forma en que una voz pronunciaba mi nombre... No es nostalgia dulce ni amarga; es más bien una saturación, todo llega junto, sin jerarquía, sin filtro, como si los sentidos no supieran qué soltar primero.
Diciembre intensifica esto... No por lo que trae, sino por lo que remueve., cada estímulo se queda un segundo más de lo normal, cada imagen deja residuo... Un abrazo no termina cuando se suelta, sigue flotando en el aire. Un recuerdo no aparece completo, aparece fragmentado: una textura, un olor, un gesto mínimo que insiste más que la historia entera. Vivir así no es tragedia ni privilegio, es simplemente vivir con el volumen un poco más alto de lo que el mundo considera cómodo.
Desde afuera se espera balance, cierre, arrepentimiento., pero adentro no hay estructura para eso, solo movimiento. La mente va y vuelve, se engancha en detalles aparentemente inútiles, los estira, los mezcla con el presente... No hay intención de quedarse atrapado en el pasado; es el pasado el que se filtra por cualquier rendija cuando el ambiente lo permite y hoy el ambiente es una invitación abierta.
Por eso este día incomoda ni exige acción, tampoco permite indiferencia, es solo que todo se siente más: el frío, los colores apagados, las despedidas, los reencuentros, los que no son propios... No es que duela ni que reconforte; es que ocurre con intensidad y eso, aunque canse, también es una forma honesta de estar aquí, mirando por la ventana cómo otros llegan y se van, mientras uno se queda habitando lo que todavía resuena.

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