domingo, mayo 25

Un instante antes de decir su nombre.

Ella no busca brillar, y tal vez por eso termina brillando sin querer, ella camina como si el mundo no tuviera apuro y parece estar siempre un poco fuera de lugar, como si no encajara del todo, pero sin molestarse por eso... Tiene esa forma de estar sin hacerse notar, de existir sin necesidad de llamar la atención, y eso... eso me atrae más que cualquier grito por ser vista, por que las cosas bonitas no necesitan llamar la atención... 

Ella es delicada, no en el sentido frágil, sino en los gestos, en la manera en que habla, como si cuidara cada palabra para no romper el aire, ella no necesita levantar la voz para que me quede escuchando... A veces, dice cosas simples, pero las dice con tanta honestidad que me dejan pensando más de la cuenta...  Hay algo en su forma de mirarme que me desarma, no es intensa, no me invade; es más bien como si estuviera intentando leer algo en mí pero sin apuro, sin exigir respuestas... Y cuando baja la mirada… se vuelve todo distinto, hay timidez en ese gesto, algo genuino... Como si le costara sostener la idea de que alguien pueda verla también a ella con esa misma claridad, a veces siento que me observa como si yo fuera un enigma que quiere entender, y al mismo tiempo, como si presintiera que acercarse demasiado podría cambiar algo en ella... 

Ella no intenta gustarme, es de esas personas que no juega a agradar; y sin embargo, aquí estoy, atrapado... tratando de entender por qué me hace bien verla, por qué su sola presencia baja el volumen de todo lo demás...  No sé qué es lo que tiene, pero lo tiene...  

Y yo... yo estoy en un momento extraño, he cerrado una etapa que me pesaba, por primera vez en mucho tiempo no cargo con el mismo dolor de antes, me siento más liviano, más presente... He aprendido a estar solo sin sentirme perdido y no necesito que alguien llegue a completarme, solo quiero andar y volver a encontrarme... y en verdad, no quiero llevar a nadie a un lugar donde yo mismo estoy aprendiendo a estar.

A veces tengo ganas de decirle lo que siento, me imagino tomando valor y acercarme para decirle que me gusta su forma de estar en el mundo, que me dan ganas de conocerla más, sin máscaras ni juegos, salir, conversar, compartir un par de atardeceres sin pretensiones... Pero no lo hago, y no lo haré...  Hay una distancia sutil entre su momento y el mío, no por los años, sino por las vivencias... es por el ritmo con el que cada uno camina, y yo quiero forzar nada, no quiero ser un peso. Me basta con que de algún modo, sin palabras, sepa que hay alguien que la ve con algo de ilusión, que la respeta tal como es, y que prefiere quedarse a una distancia que no haga daño; sin invadir, sin romper... Solamente ahí, en silencio, cuidando que su historia siga siendo suya... porque no quiero romper nada, no quiero que su camino se tuerza por el mío.

sábado, mayo 24

Una noche cualquiera... o no

No todos los días uno se encuentra consigo mismo.
Y no todos los encuentros duelen.
Algunos simplemente suceden, sin hacer ruido,
como cuando te das cuenta de que estás llorando sin saber muy bien por qué.

Como hoy.

Hoy caminé por la plaza
No tenía un plan
Solo un poco de absenta todavía quemando suave en la garganta,
el humo compartido con la noche
 y ese sonido antiguo que parecía salir del corazón del viento.
No estaba buscando nada.
Pero a veces lo más profundo llega justo cuando no estás buscando.

Mi mente suele ser un torbellino.
A veces todo se cruza: pensamientos, recuerdos,
melodías inacabadas, palabras no dichas,
ideas que se escapan antes de poder atraparlas.
Y sin embargo… esta noche algo se detuvo.
Algo pidió silencio.
Algo se quebró con suavidad.

No sé cuándo fue la última vez que lloré así.
Quizá nunca.
Quizá siempre lloré por dentro, escondido en mis rutinas,
en mis dibujos, en la guitarra que toco para calmarme,
en la música que nunca publiqué,
en relaciones que no supe cuidar,
en promesas que no me supe cumplir.

Y esta noche, sin planearlo, me encontré conmigo.
En medio de la gente, sin que nadie lo notara,
entre el humo y una melodía lejana,
me sentí lo suficientemente seguro como para quedarme.
Para no huir.

Quedarme en mi cuerpo.
En el pecho apretado.
En los recuerdos borrosos.
En la tristeza sin nombre que a veces me habita.
En la fe que me niego a perder, incluso cuando me siento vacío.

He amado.
He perdido.
He tenido miedo.
Y muchas veces, he evitado sentir.
Porque hay momentos en que las emociones llegan como tormentas,
y uno no sabe si gritar, correr o simplemente esconderse.

Pero hoy no.
Hoy no me escondí.
Hoy me dejé llorar.

Y está bien.

Quiero guardar esta noche como quien guarda una carta escrita a mano,
un dibujo inacabado, un recuerdo que no duele del todo.
Quiero que me recuerde que estoy vivo.
Que puedo sentir.
Que no todo tiene que tener sentido para ser real.

Esta noche no quiero desaparecer.
Quiero dejar esto escrito.
Para mí, para ti, para quien lo necesite.
Para la persona que fui y no supo cómo quedarse.
Para la que está naciendo ahora,
en medio de este caos tan humano que es aprender a no huir más.

Y si algún día vuelves a leer esto
—ya seas tú, yo, o alguien que se reconozca en estas líneas—
recuerda:
no hay que tenerle miedo a sentir.
No hay que escapar del dolor.
A veces, llorar no es rendirse:
es abrir una puerta que estuvo cerrada durante años.

Y si vives con una mente que corre,
que olvida, que se dispersa, que se enciende y apaga…
también está bien.

Puedes detenerte.
Puedes quedarte.
Puedes respirar.
Aunque sea por una noche.
Como esta.