lunes, junio 9

...como un perro callejero.

Me estaba acostumbrando a estar solo, no a esa soledad poética que se vende en frases lindas en libros de autoayuda, sino la otra, la que no tiene filtro... La que se siente como abrir los ojos a las tres de la mañana y no saber si ya dormiste o todavía no, esa que no duele como una herida abierta, pero se va pudriendo despacio. y te deja hueco.

Los días pasan como hojas sueltas, se parecen tanto entre sí que a veces dudo si viví el día o solo lo imaginé, me despierto tarde, con mil ideas dando vueltas, pero sin energía para agarrar una.. pongo música fuerte para distraer el ruido interno, fumo hasta que me entumesco y luego dibujo algo... me pierdo, me quedo, me olvido...  a veces ni siquiera tengo hambre, solo escucho un podcast con la esperanza de que una voz externa le dé sentido al ruido que llevo adentro.

Mis gatos me acompañan, una duerme encima mío, el otro da vueltas por ahí, como si fueran dos partes de mí mismo: la que busca calor y la que busca escape... Y yo me quedo ahí, en esa mezcla rara de lucidez y parálisis como si todo pasara… sin mí.

Reconozco mis heridas, sé de dónde vienen, sé cuándo se abrieron... Algunas tienen nombres, otras solo fechas, no las niego, pero tampoco las curo.. No por orgullo ni por abandono, simplemente no sé cómo pero las dejo estar... Como un perro callejero, se lame la herida, se revuelca en tierra y se tira a esperar bajo el sol... No por fe, sino porque qué otra cosa queda.

Yo soy así.... Me lamo las heridas con humo, con canciones, con trazos... Me tiro en mi espacio con la misma rutina que otros van a misa, Y espero... No sé qué, tal vez que algo cambie... tal vez que algo se apague.

No estoy triste todo el tiempo... A veces incluso me río de esta forma absurda de habitarme, pero hay noches —y son muchas— donde ni el arte alcanza, ni la música abriga, ni el cuerpo responde... Y ahí es cuando todo se siente igual: yo, en esta especie de caparazón, con dibujos a medio hacer, playlists recicladas, y esa sensación de estar perdiéndome sin moverme.

La rutina se volvió un espejo, y cuando me veo desde afuera… me deprimo, no porque me odie, sino porque no sé si me reconozco... Antes hacía cosas con alguien, planeaba, compartía... Ahora lo hago solo, y sí, tengo libertad… pero también un vacío raro, como si nada tuviera propósito sin testigo.

Puedo hacer lo que quiera sin rendirle cuentas a nadie, pero ¿para qué discutir conmigo mismo?... A veces siento que me hablo solo y ni yo me escucho, como si no bastara con estar conmigo, aunque me esfuerzo en que así sea.. No es dependencia, es solo que, a veces, compartir da sentido y no tener con quién, duele.

No hay drama.

No hay épica.

Hay vida.

Una vida sostenida por hilos invisibles, que no se rompen… pero tampoco abrazan.

Y aún así, cada noche, cuando me acuesto con esa mezcla de hartazgo, humo y resignación,

queda algo encendido...

Chiquito.

Callado.

Obstinado.

Una voz que no grita, pero insiste: "no te vayas... aún no"


No hay comentarios: