Hay momentos en la vida en los que uno se da cuenta de que no está peleando contra el mundo, sino contra sí mismo... No es una batalla épica ni cinematográfica; es algo más simple y más brutal, es una conversación directa con las voces de uno mismo que preferiría dejar en silencio.
Durante mucho tiempo pensé que para que algo funcionara (una relación, un inicio, un “ver qué pasa”) tenemos que mostrar una versión depurada de nosotros mismos, queremos vernos impecables, firmes, centrados, sin grietas. Creemos que la vulnerabilidad es un lujo que solo se puede permitir cuando ya todo esta seguro... pero no... Intentamos mostrar control, calma, estabilidad absoluta, queremos ocultar nuestros demonios y todo aquello que consideramos demasiado:
Hace poco volví a sentir algo y no exagero: simplemente algo... Un movimiento interno, sutil pero claro, que me recordó que todavía soy capaz de abrir una puerta sin destruir el marco... que puedo mirar a alguien sin levantar murallas, ni esconder la sombra detrás de la espalda, una conexión tranquila que no me pide máscaras, que me hace querer hacer las cosas bien y no para impresionar, sino para ser coherente con mis luces y sombras.
Y ahí es cuando aparece la certeza:
Y al elegir descubro que un vínculo sano no se construye desde la perfección, sino desde la claridad, que no necesito convencer a nadie de que "estoy bien”; solo necesito mostrar de dónde viene cada sombra y sobre todo, que no voy a permitir que alguna de ellas hable por mí.
Mis demonios siguen ahí... las heridas que dejaron también, mis sombras no han desaparecido, quizá no lo harán... Pero ahora ya no toman el volante, y cada vez que algo bueno aparece en mi vida ahora soy yo quien decide el ritmo, soy yo quien decide cuándo respirar, soy yo quien decide hablar con calma en lugar de reaccionar desde el miedo.
Estoy aprendiendo a construir algo desde la sinceridad y no desde la necesidad, a cuidar este inicio (lo que sea que esté naciendo) con claridad, estoy aprendiendo a decir que sí, tengo mis partes difíciles… pero también tengo la voluntad y la consciencia para manejarlas... Porque no quiero que nadie entre a mi vida y encuentre un laberinto subterráneo con versiones rotas que intenté ocultar... Prefiero decir que conozco cada pasillo, cada grieta, cada nombre que alguna vez usé para herirme y aun así camino hacia adelante.
Y quizá eso es lo indispensable para construir algo limpio, no es la ausencia de oscuridad, sino la capacidad de mantenerla bajo una luz que no necesariamente tenga que iluminar todo, sino que muestre honesidad.
Hay una parte de mí que sigue aprendiendo a vivir con ausencias que dejaron marcas profundas... No las huyo ni las romantizo; simplemente las cargo con respeto... Como esa historia que terminó antes de que yo entendiera cómo sostener lo que amaba, y aunque su eco todavía aparece en ciertos silencios considero que ya no es una herida abierta; es una cicatriz que me recuerda lo que perdí, lo que sobreviví y lo que no quiero repetir... Y no, no busco reemplazar nada... Solo quiero construir algo nuevo sin que esos fantasmas decidan por mí... Porque merezco avanzar sin destruir lo que llega, y honrar lo que fue sin convertirlo en una sombra interminable.

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