viernes, marzo 14

Entre el ruido y el silencio

Vivo en una especie de montaña rusa mental... No sé cómo explicarlo sin sonar dramático, pero es real, no hay un botón de pausa, no hay un control de volumen... Es como si tuviera mil pensamientos a la vez, cada uno compitiendo por mi atención, como si fueran niños gritando al mismo tiempo en un salón de clases... Uno me dice que termine una canción que dejé a medias hace meses, otro me recuerda que olvidé responder un mensaje, otro me insiste en que lave los platos, otro me convence de que no es tan urgente... Y así, en un bucle infinito.

A veces la energía me abruma... Hay momentos en los que tengo tantas ideas que siento que podría conquistar el mundo en una tarde. 

Me emociono, empiezo diez cosas a la vez, escribo fragmentos de canciones, dibujo bocetos sin terminar, hago planes que juro que esta vez sí cumpliré... Pero luego, en cuestión de horas o minutos, todo se desmorona y la motivación desaparece tan rápido como llegó, y lo que parecía una gran idea se convierte en una carga más en la lista de cosas inconclusas y ahí es cuando llega la frustración... Porque quiero hacerlo y quiero terminar lo que empiezo... Quiero ser constante, quiero que mi mente siga una línea recta en lugar de dispersarse como un maldito fuego artificial.

Pero no funciona así. Nunca ha funcionado así.

Y luego está el otro extremo: el silencio... No el de afuera, sino el de adentro, ese momento en el que, después de tanto ruido mental, me quedo paralizado como si la batería se hubiera agotado de golpe. Debería aprovechar el descanso, pero no se siente como descanso. Se siente como vacío... Como si algo dentro de mí estuviera roto y no supiera cómo arreglarlo, quiero hacer cosas, pero mi cuerpo no responde, quiero crear, pero no sé por dónde empezar... Es un ciclo agotador.

No es que no me esfuerce, no es que no me importe... Pero este desorden interno no se soluciona con una agenda bonita ni con recordatorios en el teléfono. No es cuestión de ser más disciplinado o de “simplemente concentrarme más”... Ojalá fuera así de fácil.

Aun así, hay algo en todo este caos que también tiene su magia... Porque en los desvíos, en la impulsividad, en los cambios de dirección repentinos, es donde encuentro las mejores ideas, en esos momentos de energía desbordante es cuando nacen las canciones más sinceras, en esos saltos mentales sin lógica.. Es un desastre, sí. Pero es mi desastre.

Y aunque muchas veces me pierda en él, sé que de alguna manera siempre termino encontrándome... Porque al final del día, aunque mi mente nunca deje de correr, la música sigue sonando...

... Buenos días?

Es raro decirlo... No porque sea imposible, sino porque simplemente no pasa tan seguido. Hoy abrí los ojos y el mundo no pesaba tanto, no hubo esa sensación de arrastrarme fuera de la cama, ni el golpe inmediato de los recuerdos que usualmente me esperan al despertar... No hubo culpa, ni melancolía, ni esa presión en el pecho que a veces ni sé de dónde viene.

Y eso es extraño, sobre todo después de la noche que tuve... Los gatos decidieron que el insomnio no era suficiente castigo; Gaia, inquieta, se movía de un lado a otro, con esa actitud reservada que tiene cuando algo la molesta, tal vez Milo, tal vez algo más... No lo sé, solo sé que no dejó de merodear, de acomodarse en un rincón solo para cambiar de lugar un minuto después. Como si buscara paz y no la encontrara.

Y luego Milo, el huracán a las 3 a. m. Y el departamento era su territorio de guerra:  zancadas veloces por el pasillo, saltos inesperados, ataques imaginarios contra enemigos invisibles... Cada vez que el silencio parecía establecerse, él encontraba una nueva forma de romperlo. Y yo medio dormido, lo veía brincar con la energía de quien no entiende de cansancio ni de tiempo.

No debería haber dormido bien... No debería haber amanecido con este ánimo, lo lógico sería despertar con el peso de la noche en los ojos, con el cuerpo pidiendo tregua y la mente sumida en su caos habitual... Pero aquí estoy, extrañamente ligero.

No significa que todo esté bien... No lo está. Sigo siendo el mismo tipo con la misma historia, los mismos errores y los mismos silencios que duelen... Pero hoy todo eso está en pausa, como si mi mente hubiera decidido darme un respiro, aunque no sé si por generosidad o por puro agotamiento.

... Y es extraño, porque cuando uno se acostumbra a cargar el peso de todo, la calma también desconcierta... Me pregunto si este alivio es real o solo un truco del cerebro, como esos parpadeos entre tormentas donde el cielo parece limpio por un instante antes de volver a llover... Me pregunto si esto es un respiro o solo la calma antes de otro golpe.

Pero no quiero pensar demasiado... A veces eso arruina todo y hoy solo quiero existir sin pelear con el día, no cuestionarlo, no interrogarlo, no tratar de encontrarle explicaciones... Dejar que la música suene, que el café se enfríe en la mesa, que el tiempo pase sin preguntarme a dónde va.

Hoy no tengo preguntas ni respuestas.

Solo tengo este instante, extraño y ligero.

Hoy amanecí de buen humor… 

Y no sé qué hacer con eso.

miércoles, marzo 12

El Síndrome del Impostor.

(Ese maldito ruido en mi cabeza) ... A veces me pregunto si todo esto es real, si de verdad soy un artista, un músico, alguien que crea algo que vale la pena o si solo estoy fingiendo, copiando fragmentos de otros, atrapado en una ilusión que algún día se va a romper... Porque cada vez que intento mostrar mi trabajo, esa voz vuelve, esa que me dice que no soy suficiente, que mi música no es lo bastante buena, que mis letras no son lo bastante profundas, que mis pinturas y dibujos no transmiten lo que deberían, y que, incluso si fueran buenas, hay miles allá afuera que lo hacen mejor, miles. Es como si mi mente encontrara placer en recordarme lo insignificante que soy en comparación con todo lo que existe. ¿Para qué intentarlo entonces? ¿Para qué exponerme a la burla silenciosa de quienes me miran y piensan que no tengo talento?

Esa voz es como un eco de todo lo que alguna vez me dijeron, de las comparaciones, de los "no es para tanto", de las veces que intenté mostrar mi arte y solo recibí un gesto indiferente o una crítica disfrazada de consejo. "Tal vez si hubieras trabajado más en la letra...", "suena bien, pero le falta algo...", "me gusta, pero no me llega tanto como otras canciones...." Y no es que no quiera mejorar, no es que no acepte la crítica, es que cada palabra se queda dentro como una astilla, y con el tiempo, todas esas astillas se convierten en algo que pesa, que se clava en la piel y no me deja avanzar... Tal vez esa voz la construí yo mismo, con cada duda, con cada postergación, con cada proyecto que dejé a medias porque sentí que no valía la pena y ahora se ha vuelto un ruido de fondo, un parásito en mi mente que nunca se calla del todo.

Y lo peor es que no solo me pasa con el arte, me pasa con todo: Con mis relaciones, con mi familia, con mis amigos, con el amor... Con cada persona que alguna vez se ha acercado demasiado. Porque a veces, incluso cuando alguien me dice que me quiere, que me valora, que me admira, no puedo evitar preguntarme si es cierto, si realmente me ven así, o si en algún momento van a descubrir lo que yo mismo siento: que no soy suficiente, que hay algo en mí que no encaja, que no pertenezco. Y si me descubren, ¿qué pasará? ¿Me dejarán? ¿Me mirarán diferente? ¿Se alejarán poco a poco hasta que desaparezcan sin que me dé cuenta? Es más fácil alejarme yo antes de que eso pase, antes de que el abandono se vuelva real, antes de que la decepción se refleje en sus rostros.

Con mi familia siempre ha sido igual, los quiero, sí, pero hay una distancia que nunca he sabido cómo acortar... Ellos creen en mí, supongo, pero a veces siento que no me entienden, que no comprenden por qué la música es tan importante para mí, por qué necesito perderme en el arte, por qué no sigo el camino lógico que otros siguen. ¿Por qué no consigues un trabajo estable?, Podrías haber sido tan bueno en cualquier otra cosa..., ¿Por qué complicarte tanto la vida?. No me lo dicen de mala intención, lo sé... Pero cada una de esas frases es como una prueba de que el mundo en el que ellos viven no es el mismo en el que yo respiro; y yo en vez de intentar explicarlo, solo me alejo porque es más fácil esconderse que sentir que decepcionas a quienes te dieron la vida... Porque, en el fondo, hay una parte de mí que siente que tal vez ellos tengan razón.

Con el amor… bueno, el amor siempre ha sido un desastre... Siempre ha estado esa sombra de que "en algún momento se va a ir", que van a encontrar a alguien más estable, más confiable, menos caótico... Y no es que quiera que pase, pero casi siempre lo veo venir y cuando llega el momento, cuando las dudas empiezan a aparecer, cuando el miedo a que me dejen se vuelve insoportable, termino alejándome yo antes de intentar luchar o que lo haga alguien mas; y no porque quiera, sino porque es lo único que sé hacer, porque en mi cabeza siempre existe la posibilidad de que todo lo bueno se esfume, de que el cariño se desgaste, de que me comparen y elijan a alguien más ¿Y si nunca te amó de verdad?, ¿Y si solo estaba contigo porque no tenía otra opción en ese momento?, ¿Y si ya encontró a alguien mejor, alguien que sí merezca su amor?. No importa cuántas veces alguien me haya demostrado lo contrario, la duda sigue ahí, como una mancha que no se borra.

Los amigos… los pocos que tengo, los conservo, pero incluso con ellos a veces siento que estoy fuera de lugar, como si hubiera una parte de mí que no pueden ver del todo, que no puedo compartir y de nuevo, no porque no quiera, sino porque simplemente no sé cómo. 

A veces quiero hablar de todo esto, de la inseguridad, del miedo, del ruido en mi cabeza, pero me detengo porque sé que para alguien que no lo siente suena exagerado. Como si estuviera buscándole problemas a algo que no debería tenerlos... Así que finjo, finjo que estoy bien, que me da igual, que las críticas no me afectan, que las comparaciones no duelen, que las rupturas no me parten en dos... Y el problema de fingir tan bien es que al final, cuando necesito hablar, nadie sospecha que algo va mal.

Y así, me encuentro atrapado en este ciclo... Dudando de mi arte, de mis relaciones, de mi lugar en el mundo, escuchando esa voz que me dice que no soy suficiente, que tarde o temprano todos se darán cuenta, que lo mejor sería dejar de intentar., que debería rendirme, desaparecer, hacerme a un lado antes de que sea demasiado tarde... Pero no lo hago. Porque aunque esa voz sea fuerte, hay algo dentro de mí que se resiste, algo que, a pesar de todo, sigue componiendo, sigue escribiendo, sigue pintando, algo que, aunque el miedo sea grande, sigue eligiendo amar, aunque duela, aunque termine mal... Algo que, a pesar de todo, sigue luchando por existir.

Tal vez nunca voy a callar esa voz, tal vez nunca voy a sentir que soy suficiente... Pero lo que sí puedo hacer es no dejar que me gane, porque al final, ser artista, ser humano, no se trata de no dudar nunca... Se trata de seguir adelante a pesar de la duda, de seguir creando a pesar del miedo, de seguir amando a pesar de la posibilidad de perder.

Y mientras siga haciendo eso, sigo siendo yo.

… ¿Y ahora qué? ¿Publico esto? ¿Y si piensan que estoy exagerando? ¿Y si creen que solo busco atención? ¿Y si se ríen de mí, en silencio, sin que yo lo sepa? Podría dejarlo en borradores, como tantas otras veces... Pero si lo dejo ahí, si lo guardo, entonces ese maldito ruido en mi cabeza habría ganado. 

Tal vez alguien allá afuera necesita leer esto tanto como yo necesito escribirlo... Tal vez, solo tal vez, compartirlo sea mi forma de resistir.

¿Limerencia?

La conocí una noche de noviembre cualquiera, en un bar cualquiera... Había demasiada gente, demasiada música y demasiadas conversaciones solapándose en un murmullo sin forma, no sé por qué me acuerdo de esa noche, pero la recuerdo... Tal vez porque ella estaba ahí.

Llamémosla... mmm Nath... 

No era como esas personas que dejan una impresión instantánea, no tenía una risa estruendosa ni una mirada que te hiciera dudar de todo pero había algo en ella; algo ligero, algo fácil, quizá su forma de hablar, de moverse, de reírse con desgana, como si todo en la vida fuese un chiste contado a medias... Era ese tipo de personas que parecen no estar atadas a nada, que nunca llevan equipaje emocional.

Quizá eso me atrapó... O quizá solo era yo aferrándome a cualquier historia en la que pudiera fingir que nada dolía demasiado.

Al principio, fue simple... Un juego sin reglas, pero con el tiempo empecé a buscarla en los lugares de siempre, a esperar mensajes que no llegaban, a encontrar significado en silencios que tal vez nunca fueron para mí. Lo peor fue darme cuenta de que cada vez que Nath desaparecía sin aviso, yo me quedaba sosteniendo una conversación que nunca llegó a ocurrir, y cuando volvía, lo hacía con la misma naturalidad con la que se había ido, yo lo tomaba como una señal... Me convencí de que dudaba, de que tenía miedo, de que tal vez, en algún rincón de su mente, yo significaba algo.

Era mentira.

Una noche, entre risas y palabras que se sentían más pesadas de lo que deberían, Nath dejó caer una frase que ni siquiera parecía importante para ella: "No sé si alguna vez me he enamorado de verdad..." 

Fue un comentario casual, uno de esos que la gente dice sin pensarlo demasiado... Pero a mí me golpeó como un disparo a quemarropa.

Me quedé callado... Algo en mi cabeza detonó.

Yo sí sabía lo que era el amor, lo había sentido como el frío en la piel, como el humo llenándome los pulmones... Lo había vivido, lo había defendido hasta quedarme sin fuerzas... Y lo había perdido.

¿Cómo podía alguien no saber si había amado? ¿Cómo podía ser tan fácil decirlo, sin miedo, sin cicatrices en la voz? ... fue ahí cuando entendí que nunca habíamos estado en el mismo lugar, que nunca hubo señales, ni dudas, ni verdades a medias... Solo había sido yo, atrapado en mi propia historia, persiguiendo reflejos en un espejo roto.

Y sin embargo, mientras caminaba de regreso a casa, con el eco de su frase aún en mi cabeza, supe que el peso en mi pecho no era solo por Nath.

Era más antiguo... más profundo.

Había estado buscando respuestas en personas que ni siquiera sabían las preguntas, había querido encontrar en otros lo que solo existía en un pasado al que no podía volver.

A unos ojos que me desafiaban con ternura y rabia... Una voz que sabía empujarme al límite y, al mismo tiempo, hacerme sentir en casa... Un amor que no fue fácil, que me consumió como el fuego consume la madera: lento al principio, con destellos de calidez, hasta convertirse en un incendio que arraza con todo... Siempre Ella.

No importa cuánto me mienta, cuánto finja que estoy avanzando, la sigo buscando en otras personas, en otras historias, como un reflejo maldito al que siempre termino regresando.

Me detuve en la acera... La ciudad seguía su curso sin prestarme atención.

Nath ya no importaba... Su nombre, su risa, su forma de jugar con su copa entre los dedos... todo se había desvanecido en cuestión de minutos y sólo bastó una sola frase para que dejara de significar algo y por un momento, su recuerdo también desapareció, no solo Nath... Ella.

Fue solo un instante... Unos segundos en los que mi mente estuvo en blanco, en los que no recordé su voz, ni su risa, ni la forma en la que me miraba cuando creía que yo no la veía.

Un silencio absoluto en mi cabeza... Creí que al fin la estaba olvidando.

Pero entonces, la imagen volvió, su risa, si cabello desordenado...  como un disco rayado que siempre regresa al mismo maldito punto. Y supe que todavía no.

¿Y si pudiera hacer lo mismo con ella?... No con Nath... Con Ella.

Si pudiera arrancarla de mi memoria con la misma facilidad con la que descarté a Nath, si su recuerdo se borrara tan rápido…Tal vez, solo tal vez, al fin podría respirar sin sentir que hasta ahora la llevo a cuestas.

martes, marzo 11

El viento no responde preguntas, solo las arrastra

Nació en una ciudad donde el frío cala hasta los huesos y el viento arrastra historias y nostalgia, donde la lluvia cae sin aviso, borrando las huellas de quienes intentan quedarse, ahogando palabras antes de que puedan convertirse en promesas, lavando los recuerdos hasta que solo queda la sensación de lo que alguna vez fueron... Un lugar donde la vida parece moverse más lento, pero el tiempo siempre encuentra la forma de arrastrarlo todo.

Creció rápido, entre cerros, calles empedradas y el frío del lago... Aprendió a soportar la soledad antes de entenderla, a callar cuando todo en su cabeza gritaba, siempre sintió que había algo en él que no encajaba del todo, una inquietud constante que lo hacía oscilar entre la necesidad de compañía y el impulso de alejarse... Los días pasaban entre notas inacabadas y pensamientos que iban más rápido de lo que podía procesar, una tormenta en la que a veces se perdía, otras se escondía.

La música llegó como una respuesta a preguntas que nunca supo formular... Fue lo único que tuvo sentido cuando el mundo parecía demasiado ruidoso, cuando todo exigía demasiado, se aferró a ella con la intensidad de quien sabe que lo único que tiene es su voz, sus manos y un par de acordes que nunca suenan igual dos veces... Con ella podía callar el caos por un momento, hacer que todo encajara aunque fuera solo en el instante en que tocaba.

Amó una vez, tal vez… nunca lo supo y siempre tuvo miedo de averiguarlo porque amar significaba perder el control, dejar que alguien más viera las partes que él mismo evitaba mirar... significaba quedarse, cuando todo en su interior siempre había estado listo para huir y él nunca fue bueno con eso. A veces se convencía de que lo había sentido, de que había dejado caer las barreras pero la sensación de vacío siempre volvía, la certeza de que, por más que intentara, algo en él seguía al margen, sin entregarse del todo... Tal vez confundió el amor con la costumbre de extrañar.

Y entonces la vio... Fue la primera vez que la vio tocar guitarra, la primera vez que la escuchó reír... Algo en su manera de sostener el instrumento, en la forma en que sus dedos recorrían las cuerdas como si fueran parte de ella, en la intensidad con la que cerraba los ojos en cada nota, lo dejó sin aire, lo desarmó por completo... Fue un golpe seco en el pecho, una sacudida que lo dejó sin defensas... Como si hubiera pasado años esperando ver algo así, sin saber que lo estaba buscando.

No fue inmediato, no fue un incendio, sino una llama que se fue avivando con cada encuentro, con cada noche en la que la música reemplazó las palabras, con cada risa que no necesitaba explicación... Fue algo que se fue metiendo como la tinta bajo la piel, con el mismo dolor y el mismo placer de hacerse un tatuaje... Fue la acumulación de acordes que encajaban mejor que las frases ensayadas, de silencios que no pesaban, de una presencia que empezó a sentirse como hogar... Y sin darse cuenta, empezó a necesitarla más de lo que estaba dispuesto a admitir... Amó ésa vez.

Pero había algo en él que siempre estaba a punto de irse, algo que lo hacía retroceder justo cuando todo parecía encajar, no sabía cómo quedarse sin sentirse atrapado, no sabía cómo explicar que a veces el miedo a perder algo lo hacía destruirlo antes de que tuviera la oportunidad de romperlo a él... Ella lo notó pero no lo entendió... Y un día, se cansó de preguntar, de creer y de confiar

Ella se fue... se fue con su risa, su guitarra y su cabello siempre revuelto… todo se convirtió en un eco distante. Una melodía que solía conocer y ahora apenas podía recordar con claridad... A veces, en medio de la noche, creía escuchar su voz entre los acordes de una canción olvidada, pero era solo el viento.  solo el tiempo, arrastrando lo que quedaba de ella, desdibujando su rostro, su tacto, su forma de mirarlo... Se fue, y con ella se llevó algo más que su presencia; porque se llevó la certeza, la calma, la idea de que esta vez podría ser diferente.

El tiempo siguió, pero él se quedó entre bocanadas de humo y acordes sin terminar, entendió que olvidar no era una opción, solo una mentira bien ensayada. Los días pasaban y él los dejaba ir, sin sostenerlos, sin luchar contra ellos... Se dejó consumir por la rutina de la ausencia, por la inercia de seguir respirando sin sentir que realmente estaba viviendo.

Hasta que una noche, entre lluvias por terminar y atardeceres por empezar, subió a lo más alto que pudo... Desde ahí, donde la ciudad se volvía un murmullo y el lago devoraba el horizonte, le gritó al viento que ya no aceptaba este dolor, que estaba cansado, que no quería seguir sosteniendo un recuerdo que lo ahogaba... Que ya no le bastaba sobrevivir....

Las manos frías y la guitarra a la espalda... Tocó sin pensar, dejó que las cuerdas hablaran por él... Y entonces, el viento le respondió... No hubo redención, ni certezas, no hubo alivio inmediato, pero cuando bajó esa noche, algo en él había cambiado.

El vacío seguía ahí, los recuerdos también, pero por primera vez en mucho tiempo, entendió que el dolor no iba a matarlo... Que no necesitaba deshacerse de él para seguir adelante.

Siguió tocando. No esperando nada. No huyendo de nada. Solo dejando que el viento hiciera su parte...Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no sintió que estaba perdiendo.


El eco de lo que fuimos

Hay noches en las que el humo y la música son lo único que queda, el tiempo se cuela entre los acordes de una guitarra desafinada y el eco de una voz que alguna vez fue nuestra... No es nostalgia, es algo más cercano a la resaca de los recuerdos, es un vaivén entre lo que fue y lo que nunca pudo ser.

Hace meses que Ella se fue, aún así, su risa todavía se enreda en los rincones de mi mente como un fantasma testarudo que se niega a desaparecer. Tal vez sea la maldita costumbre, mi maldita tendencia a romantizar lo perdido, o quizás, simplemente, algunas personas nunca se van del todo... Pero la soledad, esa vieja conocida, poco a poco vuelve a reconciliarse conmigo, al principio, peleamos, me resistí, la maldije, intenté llenarla con canciones a medio escribir y voces ajenas... Pero con el tiempo aprendí a dejar que se siente a mi lado sin exigirle explicaciones... Ahora compartimos el silencio sin rencor, como dos viejos que han aprendido a respetarse.

A veces pienso que estar solo no es tan malo, escribo más, dibujo más... Me detengo a escuchar los maullidos de Gaia y milo bajo mis pies o el sonido del viento golpeando la ventana... Son cosas que antes pasaban desapercibidas, enterradas bajo el ruido de otras voces... Ahora, en cambio, las abrazo.

Porque al final, todo se reduce a esto: un cuerpo, una sombra y el eco de lo que fuimos.

lunes, marzo 10

Carta de despedida

Hace no mucho tiempo, sin querer, sin pensarlo, y como de sorpresa leí tu blog... Lo enconrté y no sé cuánto tiempo estuve con la página abierta antes de atreverme a leerlo, tal vez minutos, tal vez horas, dias, semanas, meses... Solo sé que cuando empecé, no pude detenerme, leí cada palabra como si fueran cuchillas, cada frase como si llevara un poco de veneno en los bordes. Me encontré en tu rabia, en tu nostalgia, en tu desencanto... Me encontré en las grietas de tu voz, en las pausas donde imaginé que dudabas antes de escribir, me encontré en el amor que alguna vez me tuviste y en la certeza de que ya no queda nada de eso.

Sabes, me hubiera gustado responderte antes, me hubiera gustado decirte tantas cosas en su momento, decirte que nunca fuiste insuficiente para mí, que si alguna vez te sentiste así, no fue porque lo fueras, sino porque yo no supe demostrar lo contrario, que si me alejaba, no era por falta de amor, sino por el miedo de que al final me dejaras como todas los demás... Pero lo hiciste de todas formas.

Y cuando te fuiste, me quedé solo con el peso de todo lo que no dije, de todo lo que no hice bien. Me hundí en un abismo del que no supe salir por meses., tristeza, rabia, culpa… cada noche era un castigo, cada amanecer un recordatorio de que te había perdido, me perseguía tu ausencia como un eco imposible de callar... Y lo peor es que no podía culparte, me odié a mí mismo más de lo que jamás había odiado a nadie, me reproché cada error, cada silencio, cada momento en el que no supe estar para ti de la manera en que lo necesitabas.

Pero cuando finalmente reaccioné, cuando quise levantarme, cuando sentí que aún había algo que podía salvarse… ya era tarde, para entonces, ya estabas con él... Y entendí que no había vuelta atrás... Aun así, lo que más duele no es eso, me duele que hayas escrito tantas veces sobre tu miedo a que yo estuviera con alguien más, sobre la idea de que mi amor no era real, sobre esa inseguridad que te carcomía… cuando la verdad era otra y es que todo el tiempo fuiste tú la que tenía a alguien esperándote... Y yo no lo vi... O no quise verlo... Pero no te escribo para reprocharte, no quiero eso. Si te escribo es porque después de leer cada una de tus palabras, después de absorberlas como si fueran veneno y antídoto al mismo tiempo, sentí que debía hablarte por última vez... no con el propósito de cambiar algo, porque ya no hay nada que cambiar, no para convencerte de nada, porque nunca fui capaz de hacerlo... Solo para que sepas que, a pesar de todo, te entendí.

Entendí tu miedo, tu necesidad de certeza, entendí que, aunque traté de amarte de la mejor manera que supe, eso no fue suficiente... Y entendí que, en el fondo, tal vez siempre estuvimos destinados a despedirnos así.

A veces me pregunto si en algún rincón de tu mente, aún queda algo de lo que fuimos, si cuando escribes ciertas palabras, cuando escuchas ciertas canciones, cuando pasas por ciertos lugares, mi sombra aún te roza por un instante... Me gustaría creer que sí, me gustaría creer que, aunque sea por un segundo, me recuerdas sin rabia, sin dolor y sin arrepentimiento. Porque yo te recuerdo así.

Y cuando ya no supe cómo deshacerme de todo lo que sentía, cuando el silencio de tu ausencia se volvió insoportable, hice lo único que sé hacer: escribí canciones.

Escribí sobre la forma en que solías reír con los ojos cerrados, como si el mundo desapareciera por un segundo, sobre la forma en que solías tocar la guitarra, como si cada acorde fuera una confesión, sobre las veces que nos perdíamos hablando de música, de la vida, de todo y de nada, escribí sobre la noche en que te fuiste y sobre el vacío que dejaste en mi cama, sobre el sabor amargo de un trago sin tu voz para acompañarlo.

No sé si algún día llegarás a escuchar esas canciones, no sé si las buscarás o si un día, por casualidad, una de ellas sonará en algún lugar y reconocerás mi voz... Pero si eso pasa, si alguna vez te encuentras con una de ellas en el camino, quiero que sepas que cada palabra, cada acorde, es real... Que en cada nota hay un pedazo de lo que fui contigo y que aunque el tiempo pase, aunque todo cambie, la música sigue ahí, como un testigo mudo de lo que fuimos.

Y es por eso que esta vez quiero despedirme bien, porque no quiero que lo último que quede de nosotros sean dudas, silencios y reproches que nunca llegamos a decirnos en persona... No quiero ser la espina que se quedó en tu pecho ni el fantasma que te persigue en cada canción... No quiero que me recuerdes como un error, como una historia inconclusa o como una lección amarga... Prefiero que me recuerdes como alguien que, a su manera torpe y rota, te amó de verdad.

Así que quizá esta es la última vez que escribo sobre nosotros, no porque quiera olvidarte, sino porque sé que, si sigo aferrándome a lo que fuimos, nunca podré soltarlo del todo... Y sé que es lo que debo hacer.

Ojalá, si algún día volvemos a cruzarnos, podamos decirnos “hola” sin que duela, sin cicatrices que ardan al mirarnos, sin el peso de lo que no supimos ser. No sé si algun dia leerás esto... ya no importa... 

Te dejo en tus palabras, en tu música, en tus nuevas historias. 

Te dejo en el lugar donde elegiste estar.

Te dejo con la esperanza de que algún día, cuando pienses en mí, puedas hacerlo sin tristeza.

Y yo haré lo mismo....

Con amor:
Sr. B

Restos de un incendio

No sé en qué momento dejó de doler como antes, no sé si fue el tiempo, la distancia, la resignación o simplemente la costumbre de cargar con el vacío... Tal vez fue el peso del cansancio, de arrastrar todos esos recuerdos como si fueran cadenas que, en algún punto, se volvieron parte de mí, como una cicatriz que ya no se siente, pero sigue ahí.

Pensé que el dolor sería eterno, que la imagen de su risa, de sus manos, de su voz filtrándose en mis madrugadas, me perseguiría hasta el último día... Y por mucho tiempo fue así: Hubo noches en las que el insomnio se convirtió en mi único compañero, noches en las que la culpa me desgarraba por dentro, en las que me repetía una y otra vez todas las cosas que debí haber hecho, todas las palabras que nunca dije a tiempo.

Pero ahora… ahora es diferente.

No quiero decir que la herida cerró por completo, no sé si realmente quiero que cierre, pero ya no es el incendio que alguna vez fue, ahora es más bien un eco, un susurro lejano, un recuerdo que todavía me toca algunas noches, pero que ya no me arrastra al abismo... Y eso me asusta.

Me asusta que su ausencia se vuelva parte de mi normalidad, me asusta olvidar el sonido exacto de su voz, los detalles de su expresión cuando me miraba, sus chapitas, su sonrisa, sus ojos... Me asusta que el vacío que dejó se convierta en algo tan cotidiano que ya no lo note, como cuando te acostumbras a vivir con el ruido de la ciudad y un día, de repente, te das cuenta de que ya no lo escuchas.

Tal vez eso es lo que más me duele ahora, no el hecho de que se haya ido, sino el darme cuenta de que, aunque alguna vez fue todo, ahora es solo un capítulo más en mi historia, uno importante, uno que todavía me define en muchas formas… pero solo eso, un capítulo que tarde o temprano terminaré de pasar.

Y tal vez eso es lo que significa realmente seguir adelante, no olvidar, no borrar... Sino aprender a convivir con los fantasmas sin dejar que dominen la casa, aprender a mirarlos sin miedo, sin resentimiento, sin ese peso en el pecho que antes me hacía colapsar.

Supongo que, de alguna forma, estoy avanzando... No sé hacia dónde... No sé si en la dirección correcta, pero al menos ya no estoy detenido en el mismo punto, mirando siempre hacia atrás y eso, aunque duela admitirlo, también es parte de la despedida.

Es extraño... Siempre pensé que el final llegaría con un gran cierre, con una última conversación, con una despedida perfecta donde todo quedara dicho, pero la verdad es que el final nunca llega de golpe., no hay un momento exacto donde dices “hasta aquí”, no hay un instante donde el corazón deja de doler de un día para otro, solo hay silencios cada vez más largos, días en los que piensas en ella menos de lo que pensabas antes, noches en las que duermes sin que su ausencia te pese tanto... Y un día, sin darte cuenta, te das cuenta que ya no duele igual, pero duele aún.

Y aunque no sé si estoy listo para soltar por completo, al menos sé que ya no me estoy aferrando.

Y eso, en sí mismo, ya es un paso adelante.

Después de tanto tiempo

No sé cómo empezar esto... Hace años que no escribo, tal vez porque nunca supe cómo volver después de la última vez., tal vez porque, en el fondo, sabía que volver a escribir significaba enfrentar todo lo que dejé suspendido en el aire.

La última vez que escribí aquí fue cuando Andrea se fue... Y después de eso, las palabras dejaron de tener sentido, me refugié en la música, en el ruido, en cualquier cosa que evitara el silencio... Porque el silencio me llevaba de vuelta a ella, a su ausencia, a la certeza de que nunca más iba a leerme, a la absurda necesidad de escribirle aún sabiendo que nunca iba a responder.

Y ahora estoy aquí otra vez... No sé por qué, diescisiete años despúes... Tal vez porque, aunque me guste pensar que ya dejé todo atrás, sé que aún cargo con restos de incendios que nunca apagué del todo, tal vez porque necesito escribir, no para volver al pasado, sino para darme cuenta de que sigo aquí, de que todavía tengo algo que decir.

No soy el mismo que escribió aquí la última vez, perdí más de lo que alguna vez pensé que podía perder., amé, me rompieron, rompí también... Me hundí en la tristeza y en el odio hacia mí mismo hasta el punto en que ya no sabía cómo salir... Y cuando finalmente reaccioné, cuando quise recuperar lo que dejé caer… ya era tarde.

Pero aquí estoy, no sé si más fuerte, no sé si más sabio... Solo aquí.

He aprendido que el dolor nunca desaparece del todo, solo cambia de forma; a veces es una punzada, a veces es un eco lejano, a veces es un susurro que aparece en noches de insomnio, pero también he aprendido que uno puede seguir adelante con todo eso a cuestas y que se puede aprender a vivir sin esperar respuestas, sin buscar finales perfectos.

No sé si esto es un cierre o un nuevo comienzo. Pero si alguien sigue aquí, si alguien sigue leyendo después de todo este tiempo… gracias.