Vivo en una especie de montaña rusa mental... No sé cómo explicarlo sin sonar dramático, pero es real, no hay un botón de pausa, no hay un control de volumen... Es como si tuviera mil pensamientos a la vez, cada uno compitiendo por mi atención, como si fueran niños gritando al mismo tiempo en un salón de clases... Uno me dice que termine una canción que dejé a medias hace meses, otro me recuerda que olvidé responder un mensaje, otro me insiste en que lave los platos, otro me convence de que no es tan urgente... Y así, en un bucle infinito.
A veces la energía me abruma... Hay momentos en los que tengo tantas ideas que siento que podría conquistar el mundo en una tarde.
Me emociono, empiezo diez cosas a la vez, escribo fragmentos de canciones, dibujo bocetos sin terminar, hago planes que juro que esta vez sí cumpliré... Pero luego, en cuestión de horas o minutos, todo se desmorona y la motivación desaparece tan rápido como llegó, y lo que parecía una gran idea se convierte en una carga más en la lista de cosas inconclusas y ahí es cuando llega la frustración... Porque quiero hacerlo y quiero terminar lo que empiezo... Quiero ser constante, quiero que mi mente siga una línea recta en lugar de dispersarse como un maldito fuego artificial.
Pero no funciona así. Nunca ha funcionado así.
Y luego está el otro extremo: el silencio... No el de afuera, sino el de adentro, ese momento en el que, después de tanto ruido mental, me quedo paralizado como si la batería se hubiera agotado de golpe. Debería aprovechar el descanso, pero no se siente como descanso. Se siente como vacío... Como si algo dentro de mí estuviera roto y no supiera cómo arreglarlo, quiero hacer cosas, pero mi cuerpo no responde, quiero crear, pero no sé por dónde empezar... Es un ciclo agotador.
No es que no me esfuerce, no es que no me importe... Pero este desorden interno no se soluciona con una agenda bonita ni con recordatorios en el teléfono. No es cuestión de ser más disciplinado o de “simplemente concentrarme más”... Ojalá fuera así de fácil.
Aun así, hay algo en todo este caos que también tiene su magia... Porque en los desvíos, en la impulsividad, en los cambios de dirección repentinos, es donde encuentro las mejores ideas, en esos momentos de energía desbordante es cuando nacen las canciones más sinceras, en esos saltos mentales sin lógica.. Es un desastre, sí. Pero es mi desastre.
Y aunque muchas veces me pierda en él, sé que de alguna manera siempre termino encontrándome... Porque al final del día, aunque mi mente nunca deje de correr, la música sigue sonando...

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