Hay días en los que no me falta nada, salvo el permiso para ser.
Despierto, respiro, me levanto como si la rutina tuviera sentido por sí sola, pero ya en la segunda taza de café, cuando el mundo empieza a demandar respuestas que no pedí, vuelve... No con palabras, sino con una presencia vieja, casi familiar... Una presencia que se acomoda en el pecho y me mira como si supiera algo que yo no... Quién vuelve?
Me recuerda las veces que me quedé en silencio por miedo a parecer ridículo, las veces que elegí agradar antes que ser, las canciones que no terminé porque pensé que nadie las iba a escuchar con la misma herida con la que yo las escribía... Las miradas que desvié porque sentí que no valía el riesgo de que me vieran de verdad.
Lo peor de este miedo no es lo que me dice, es lo que me impide decir... Porque cada vez que lo escucho, me repliego un poco más, me vuelvo cuidadoso hasta la anestesia y reflexivo hasta el encierro; me saboteo desde una lógica que parece justa, pero que en realidad solo es miedo con traje de juez.... He sido testigo de mis propias renuncias disfrazadas de decisiones conscientes, he aceptado menos de lo que necesitaba por temor a incomodar., he dejado de insistir por no ser “demasiado”, por no mostrar esa parte mía que siempre siente que ama más de lo que le devuelven...

No hay comentarios:
Publicar un comentario