sábado, mayo 24

Una noche cualquiera... o no

No todos los días uno se encuentra consigo mismo.
Y no todos los encuentros duelen.
Algunos simplemente suceden, sin hacer ruido,
como cuando te das cuenta de que estás llorando sin saber muy bien por qué.

Como hoy.

Hoy caminé por la plaza
No tenía un plan
Solo un poco de absenta todavía quemando suave en la garganta,
el humo compartido con la noche
 y ese sonido antiguo que parecía salir del corazón del viento.
No estaba buscando nada.
Pero a veces lo más profundo llega justo cuando no estás buscando.

Mi mente suele ser un torbellino.
A veces todo se cruza: pensamientos, recuerdos,
melodías inacabadas, palabras no dichas,
ideas que se escapan antes de poder atraparlas.
Y sin embargo… esta noche algo se detuvo.
Algo pidió silencio.
Algo se quebró con suavidad.

No sé cuándo fue la última vez que lloré así.
Quizá nunca.
Quizá siempre lloré por dentro, escondido en mis rutinas,
en mis dibujos, en la guitarra que toco para calmarme,
en la música que nunca publiqué,
en relaciones que no supe cuidar,
en promesas que no me supe cumplir.

Y esta noche, sin planearlo, me encontré conmigo.
En medio de la gente, sin que nadie lo notara,
entre el humo y una melodía lejana,
me sentí lo suficientemente seguro como para quedarme.
Para no huir.

Quedarme en mi cuerpo.
En el pecho apretado.
En los recuerdos borrosos.
En la tristeza sin nombre que a veces me habita.
En la fe que me niego a perder, incluso cuando me siento vacío.

He amado.
He perdido.
He tenido miedo.
Y muchas veces, he evitado sentir.
Porque hay momentos en que las emociones llegan como tormentas,
y uno no sabe si gritar, correr o simplemente esconderse.

Pero hoy no.
Hoy no me escondí.
Hoy me dejé llorar.

Y está bien.

Quiero guardar esta noche como quien guarda una carta escrita a mano,
un dibujo inacabado, un recuerdo que no duele del todo.
Quiero que me recuerde que estoy vivo.
Que puedo sentir.
Que no todo tiene que tener sentido para ser real.

Esta noche no quiero desaparecer.
Quiero dejar esto escrito.
Para mí, para ti, para quien lo necesite.
Para la persona que fui y no supo cómo quedarse.
Para la que está naciendo ahora,
en medio de este caos tan humano que es aprender a no huir más.

Y si algún día vuelves a leer esto
—ya seas tú, yo, o alguien que se reconozca en estas líneas—
recuerda:
no hay que tenerle miedo a sentir.
No hay que escapar del dolor.
A veces, llorar no es rendirse:
es abrir una puerta que estuvo cerrada durante años.

Y si vives con una mente que corre,
que olvida, que se dispersa, que se enciende y apaga…
también está bien.

Puedes detenerte.
Puedes quedarte.
Puedes respirar.
Aunque sea por una noche.
Como esta.


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