Hoy el departamento parece más grande de lo que es., tal vez porque el silencio lo llena todo, o porque el eco de mis pensamientos rebota en las paredes como un murmullo antiguo que se niega a apagarse... Me encuentro aquí, quieto, observando a mis gato mientras se desliza entre los muebles, ajeno a este nudo en el pecho que no sé cómo desatar... Lo miro y por un momento envidio su calma, su forma de habitar el instante sin preguntarse por el sentido de nada...
La luz que se cuela por la ventana es tenue, casi pálida, y dibuja sombras largas en el suelo, como si el tiempo se hubiera detenido y todo fuera parte de un cuadro que alguien olvidó terminar. Afuera, la ciudad respira con su propio ritmo: lejano, indiferente. Escucho el rumor apagado de un auto que pasa, el ladrido aislado de un perro, el zumbido casi imperceptible de la electricidad en las paredes... Y aquí dentro, yo, sosteniéndome en esta especie de limbo donde el pasado pesa y el futuro parece difuso.
El aire huele a café viejo, al aroma de un bate sin terminar, al calor tibio de mis gatos que a veces se acercan, como si intuyeran que algo dentro de mí se desordena... Respiro hondo, como buscando que el oxígeno me devuelva alguna certeza, pero lo único que consigo es que el pecho se llene de esta mezcla de nostalgia y vacío que me acompaña hoy.; me pregunto en qué momento empecé a habitar estos estados intermedios, estas tierras de nadie donde no hay dolor punzante, pero tampoco hay paz... Donde todo parece suspendido, como esas partículas de polvo que flotan en el aire cuando la luz las alcanza y por un segundo parecen estrellas en un universo diminuto.
Hoy el tiempo pesa; las horas se arrastran lentas y cada minuto parece invitarme a mirar hacia dentro, a recorrer los laberintos de mi cabeza donde las voces hablan bajo, donde las memorias se asoman, donde los sueños se mezclan con lo que temí perder... Me veo a mí mismo, sentado en el borde de la cama, la mirada perdida entre la ventana y algún punto sin nombre... Escucho mi propia respiración, ese sonido que a veces me recuerda que sigo aquí, aunque haya días como este en que no sé muy bien para qué... Los gatos saltan, se persiguen, se detienen a contemplar el mundo a su manera, y yo me pregunto en qué momento olvidé cómo hacer eso: cómo simplemente estar, sin buscar respuestas, sin querer entenderlo todo.
Hoy me dejo habitar por este estado... no busco consuelo, ni salidas rápidas; hay una parte de mí que sabe que estos días también son parte de mi viaje, que las capas que hoy se sienten pesadas mañana serán abrigo, que las preguntas que hoy duelen algún día serán mapa... Mientras tanto, me quedo aquí, dejando que el aroma a casa, el calor de los gatos y el rumor lejano del mundo me acompañen... Dejo que el día avance como quiera, que la noche llegue sin prisa... Porque sé que, al final, hasta en estos momentos suspendidos hay algo de verdad, algo que es solo mío y que también merece ser escrito.

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