lunes, marzo 10

Carta de despedida

Hace no mucho tiempo, sin querer, sin pensarlo, y como de sorpresa leí tu blog... Lo enconrté y no sé cuánto tiempo estuve con la página abierta antes de atreverme a leerlo, tal vez minutos, tal vez horas, dias, semanas, meses... Solo sé que cuando empecé, no pude detenerme, leí cada palabra como si fueran cuchillas, cada frase como si llevara un poco de veneno en los bordes. Me encontré en tu rabia, en tu nostalgia, en tu desencanto... Me encontré en las grietas de tu voz, en las pausas donde imaginé que dudabas antes de escribir, me encontré en el amor que alguna vez me tuviste y en la certeza de que ya no queda nada de eso.

Sabes, me hubiera gustado responderte antes, me hubiera gustado decirte tantas cosas en su momento, decirte que nunca fuiste insuficiente para mí, que si alguna vez te sentiste así, no fue porque lo fueras, sino porque yo no supe demostrar lo contrario, que si me alejaba, no era por falta de amor, sino por el miedo de que al final me dejaras como todas los demás... Pero lo hiciste de todas formas.

Y cuando te fuiste, me quedé solo con el peso de todo lo que no dije, de todo lo que no hice bien. Me hundí en un abismo del que no supe salir por meses., tristeza, rabia, culpa… cada noche era un castigo, cada amanecer un recordatorio de que te había perdido, me perseguía tu ausencia como un eco imposible de callar... Y lo peor es que no podía culparte, me odié a mí mismo más de lo que jamás había odiado a nadie, me reproché cada error, cada silencio, cada momento en el que no supe estar para ti de la manera en que lo necesitabas.

Pero cuando finalmente reaccioné, cuando quise levantarme, cuando sentí que aún había algo que podía salvarse… ya era tarde, para entonces, ya estabas con él... Y entendí que no había vuelta atrás... Aun así, lo que más duele no es eso, me duele que hayas escrito tantas veces sobre tu miedo a que yo estuviera con alguien más, sobre la idea de que mi amor no era real, sobre esa inseguridad que te carcomía… cuando la verdad era otra y es que todo el tiempo fuiste tú la que tenía a alguien esperándote... Y yo no lo vi... O no quise verlo... Pero no te escribo para reprocharte, no quiero eso. Si te escribo es porque después de leer cada una de tus palabras, después de absorberlas como si fueran veneno y antídoto al mismo tiempo, sentí que debía hablarte por última vez... no con el propósito de cambiar algo, porque ya no hay nada que cambiar, no para convencerte de nada, porque nunca fui capaz de hacerlo... Solo para que sepas que, a pesar de todo, te entendí.

Entendí tu miedo, tu necesidad de certeza, entendí que, aunque traté de amarte de la mejor manera que supe, eso no fue suficiente... Y entendí que, en el fondo, tal vez siempre estuvimos destinados a despedirnos así.

A veces me pregunto si en algún rincón de tu mente, aún queda algo de lo que fuimos, si cuando escribes ciertas palabras, cuando escuchas ciertas canciones, cuando pasas por ciertos lugares, mi sombra aún te roza por un instante... Me gustaría creer que sí, me gustaría creer que, aunque sea por un segundo, me recuerdas sin rabia, sin dolor y sin arrepentimiento. Porque yo te recuerdo así.

Y cuando ya no supe cómo deshacerme de todo lo que sentía, cuando el silencio de tu ausencia se volvió insoportable, hice lo único que sé hacer: escribí canciones.

Escribí sobre la forma en que solías reír con los ojos cerrados, como si el mundo desapareciera por un segundo, sobre la forma en que solías tocar la guitarra, como si cada acorde fuera una confesión, sobre las veces que nos perdíamos hablando de música, de la vida, de todo y de nada, escribí sobre la noche en que te fuiste y sobre el vacío que dejaste en mi cama, sobre el sabor amargo de un trago sin tu voz para acompañarlo.

No sé si algún día llegarás a escuchar esas canciones, no sé si las buscarás o si un día, por casualidad, una de ellas sonará en algún lugar y reconocerás mi voz... Pero si eso pasa, si alguna vez te encuentras con una de ellas en el camino, quiero que sepas que cada palabra, cada acorde, es real... Que en cada nota hay un pedazo de lo que fui contigo y que aunque el tiempo pase, aunque todo cambie, la música sigue ahí, como un testigo mudo de lo que fuimos.

Y es por eso que esta vez quiero despedirme bien, porque no quiero que lo último que quede de nosotros sean dudas, silencios y reproches que nunca llegamos a decirnos en persona... No quiero ser la espina que se quedó en tu pecho ni el fantasma que te persigue en cada canción... No quiero que me recuerdes como un error, como una historia inconclusa o como una lección amarga... Prefiero que me recuerdes como alguien que, a su manera torpe y rota, te amó de verdad.

Así que quizá esta es la última vez que escribo sobre nosotros, no porque quiera olvidarte, sino porque sé que, si sigo aferrándome a lo que fuimos, nunca podré soltarlo del todo... Y sé que es lo que debo hacer.

Ojalá, si algún día volvemos a cruzarnos, podamos decirnos “hola” sin que duela, sin cicatrices que ardan al mirarnos, sin el peso de lo que no supimos ser. No sé si algun dia leerás esto... ya no importa... 

Te dejo en tus palabras, en tu música, en tus nuevas historias. 

Te dejo en el lugar donde elegiste estar.

Te dejo con la esperanza de que algún día, cuando pienses en mí, puedas hacerlo sin tristeza.

Y yo haré lo mismo....

Con amor:
Sr. B

1 comentario:

Anónimo dijo...

Decir adiós sin juzgar... El amor es una formula matemática sin resolver, es un poema inconcluso, una historia sin final, un recuerdo etéreo e infinito, es abstracto e indefinido, es complejo, tiene mil formas de enseñarnos como ir por él... Aún también trato de entenderlo...