Hay noches en las que el humo y la música son lo único que queda, el tiempo se cuela entre los acordes de una guitarra desafinada y el eco de una voz que alguna vez fue nuestra... No es nostalgia, es algo más cercano a la resaca de los recuerdos, es un vaivén entre lo que fue y lo que nunca pudo ser.
Hace meses que Ella se fue, aún así, su risa todavía se enreda en los rincones de mi mente como un fantasma testarudo que se niega a desaparecer. Tal vez sea la maldita costumbre, mi maldita tendencia a romantizar lo perdido, o quizás, simplemente, algunas personas nunca se van del todo... Pero la soledad, esa vieja conocida, poco a poco vuelve a reconciliarse conmigo, al principio, peleamos, me resistí, la maldije, intenté llenarla con canciones a medio escribir y voces ajenas... Pero con el tiempo aprendí a dejar que se siente a mi lado sin exigirle explicaciones... Ahora compartimos el silencio sin rencor, como dos viejos que han aprendido a respetarse.
A veces pienso que estar solo no es tan malo, escribo más, dibujo más... Me detengo a escuchar los maullidos de Gaia y milo bajo mis pies o el sonido del viento golpeando la ventana... Son cosas que antes pasaban desapercibidas, enterradas bajo el ruido de otras voces... Ahora, en cambio, las abrazo.
Porque al final, todo se reduce a esto: un cuerpo, una sombra y el eco de lo que fuimos.

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