No sé en qué momento dejó de doler como antes, no sé si fue el tiempo, la distancia, la resignación o simplemente la costumbre de cargar con el vacío... Tal vez fue el peso del cansancio, de arrastrar todos esos recuerdos como si fueran cadenas que, en algún punto, se volvieron parte de mí, como una cicatriz que ya no se siente, pero sigue ahí.
Pensé que el dolor sería eterno, que la imagen de su risa, de sus manos, de su voz filtrándose en mis madrugadas, me perseguiría hasta el último día... Y por mucho tiempo fue así: Hubo noches en las que el insomnio se convirtió en mi único compañero, noches en las que la culpa me desgarraba por dentro, en las que me repetía una y otra vez todas las cosas que debí haber hecho, todas las palabras que nunca dije a tiempo.
Pero ahora… ahora es diferente.
No quiero decir que la herida cerró por completo, no sé si realmente quiero que cierre, pero ya no es el incendio que alguna vez fue, ahora es más bien un eco, un susurro lejano, un recuerdo que todavía me toca algunas noches, pero que ya no me arrastra al abismo... Y eso me asusta.
Me asusta que su ausencia se vuelva parte de mi normalidad, me asusta olvidar el sonido exacto de su voz, los detalles de su expresión cuando me miraba, sus chapitas, su sonrisa, sus ojos... Me asusta que el vacío que dejó se convierta en algo tan cotidiano que ya no lo note, como cuando te acostumbras a vivir con el ruido de la ciudad y un día, de repente, te das cuenta de que ya no lo escuchas.
Tal vez eso es lo que más me duele ahora, no el hecho de que se haya ido, sino el darme cuenta de que, aunque alguna vez fue todo, ahora es solo un capítulo más en mi historia, uno importante, uno que todavía me define en muchas formas… pero solo eso, un capítulo que tarde o temprano terminaré de pasar.
Y tal vez eso es lo que significa realmente seguir adelante, no olvidar, no borrar... Sino aprender a convivir con los fantasmas sin dejar que dominen la casa, aprender a mirarlos sin miedo, sin resentimiento, sin ese peso en el pecho que antes me hacía colapsar.
Supongo que, de alguna forma, estoy avanzando... No sé hacia dónde... No sé si en la dirección correcta, pero al menos ya no estoy detenido en el mismo punto, mirando siempre hacia atrás y eso, aunque duela admitirlo, también es parte de la despedida.
Es extraño... Siempre pensé que el final llegaría con un gran cierre, con una última conversación, con una despedida perfecta donde todo quedara dicho, pero la verdad es que el final nunca llega de golpe., no hay un momento exacto donde dices “hasta aquí”, no hay un instante donde el corazón deja de doler de un día para otro, solo hay silencios cada vez más largos, días en los que piensas en ella menos de lo que pensabas antes, noches en las que duermes sin que su ausencia te pese tanto... Y un día, sin darte cuenta, te das cuenta que ya no duele igual, pero duele aún.
Y aunque no sé si estoy listo para soltar por completo, al menos sé que ya no me estoy aferrando.
Y eso, en sí mismo, ya es un paso adelante.

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